✒ Hagamos una excepción

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    Desde hace unos meses estoy trabajando como profesor de español en la gélida y lluviosa óblast de Leningrado, Rusia, más concretamente en la ciudad imperial de San Petersburgo. El invierno aquí es muy duro, tan duro que congela hasta los recuerdos más canallas que arrastré desde mi tierra. Sin embargo, a menudo se libera en mi interior una pretensión por saber cómo trascurre el día a día en mi patria. Entonces me pongo a leer alguna que otra noticia aleatoria en la red pensando que, quizás, en todo este tiempo que he estado fuera algo habría cambiado, pero no he hecho más que darme con un canto en los dientes al descubrir que todo sigue tan agarrotado como el día en que me despedí de mi familia.

La última noticia que he leído trata sobre un tema importantísimo, al menos para mí, como profesor de español en un país extranjero. Se trata de la polémica entre la sentencia de la RAE y el Consejo de Ministros por el uso de un femenino genérico.

He de decir que, antes de venir a Rusia para enseñar español, tuve que hincar los codos sobre todas las reglas gramaticales existentes en nuestro idioma, que no son pocas. De entre todas ellas, la más engorrosa era la del artículo porque el idioma ruso carece de éstos, sin embargo, la cuestión más confusa es el género de los sustantivos.
En ruso, los sustantivos también tienen género, pero lo tienen distinto al español. Por ejemplo, la palabra coche (машина) es femenina, mientras que ventana (окно) es masculina. Por estas cosas, a menudo tengo que recordar a mis estudiantes que no deben traducir directamente del ruso porque eso traería consigo errores tan frecuentes como decir "el ventana de la coche está roto".

Pero el idioma español no solo contradice a otros idiomas en su género, sino que también se contradice a sí mismo. Por ejemplo, en la regla que dice que todos los sustantivos que terminan en -o, -ema, -aje, -or son masculinos y que los que terminan en -a, -ción, -sión, -ad, -dad son femeninos, podemos encontrar excepciones tan fulminantes como la mano, la radio, la crema, el mapa, el idioma, el clima, el planeta, el sofá, el día, el tranvía y la flor.

En efecto, en materia de género, nuestro idioma es el líder de los más ambiguos del mundo. Por ejemplo, tenemos esas palabras especiales que yo intento aclarar a mis estudiantes como "palabras transexuales" porque tienen un artículo con distinto género según estén en singular o en plural. Es el caso de el arte/las artes, el águila/las águilas, el agua/las aguas, el aula/las aulas, el hacha/las hachas, el hambre/las hambres, el alma/las almas. Y luego está el maravilloso mundo de las palabras que cambian su significado según el género del artículo que las acompaña, como el capital/la capital, el cometa/la cometa, el margen/la margen, el pendiente/ la pendiente o el frente/la frente. Como podréis comprobar, la lección de los artículos es muy divertida, y lo es más cuando mis estudiantes me preguntan por qué la palabra "coño" es masculina y la palabra "polla" femenina, o por qué en algunos poemas de Lorca leen "la mar" cuando yo les he enseñado que se dice "el mar", o por qué en algunas zonas de España dicen "la calor" y no "el calor".  A mí se me cae la cara de vergüenza cada vez que me preguntan estas cosas, porque solo puedo reírme, por no llorar de lo difícil que es explicar mi propio idioma.

Volviendo al tema de los ministros y las ministras, la RAE dictaminó que, como norma, el masculino genérico sirve para generalizar un grupo de personas, sean hombres o mujeres, y que no es discriminatorio porque precisamente el masculino genérico no entiende de sexos, tal y como sucede en otras lenguas románicas. No obstante, si nos paramos a pensar un poco, la palabra ministro o ministra, al margen del género, no tiene un significado distinto del que pretende reflejar. Mi pregunta es, ¿qué más da cómo lo definamos? Aunque, claro, cabe la posibilidad de que, dentro de la esfera política de España, la palabra ministra represente un estatus más bajo que ministro, por eso la insistencia en utilizar un masculino genérico. No sé, digo yo...

Bueno, ¿y por qué escribo todo esto? Pues para decir que este año, entre clase y clase, he conseguido escarbar un poco de tiempo y he creado un pequeño coro formado por dieciséis mujeres rusas y dos hombres que, como yo, aman la música y el idioma español. Después de un año trabajando duro, a estas alturas las considero como mi familia. Recuerdo cuando en los primeros ensayos solo hablaba en masculino genérico, porque así me lo habían enseñado, pero poco a poco fui haciéndome a la idea de que era absurdo y, sobre todo, injusto, porque de dieciocho cantantes, solo dos eran hombres. Así que reflexioné y empecé a representar las cosas por su peso. Desde entonces, solo he hablado de "nosotras", y gracias a eso he llegado a una conclusión muy curiosa...

Descubrí que todo ese orgullo masculino que me impedía utilizar el femenino genérico nació en los tiempos del colegio de primaria cuando entre nosotros, los chicos, nos señalábamos con el dedo índice y nos decíamos "mariquita" cuando entrábamos por error en un baño de mujeres, o cuando la profesora se equivocaba y utilizaba el femenino genérico para dirigirse a toda la clase. En aquel entonces, aquellos bochornosos momentos nos parecían tan alarmantes como hoy en día este absurdo debate de si decir Consejo de Ministras o Consejo de Ministros.

Para terminar, me gustaría señalar que, desde mi punto de vista, el valor genérico debería estar determinado por el sexo predominante en un conjunto, ya sea un coro o un Consejo, por eso solo pido que hagamos una excepción como tantas otras que tiene nuestro idioma.