Los juegos como actividad didáctica

A menudo, los profesores de español nos enfrentamos a grupos de estudiantes en los que los métodos prácticos convencionales no terminan de funcionar. Hay estudiantes que reaccionan positivamente al practicar lo aprendido con un diálogo, un tema de conversación o incluso entonando una canción. En cambio, la reiteración de este tipo de técnicas puede provocar un aburrimiento contagioso, con la consecuente pérdida de atención.

Según un artículo publicado por la Universidad Internacional de Valencia (2016), la causa que favorece la distracción de un grupo de estudiantes "suele ser compleja, confluyendo factores sociales, de comportamiento colectivo e incluso familiares." Por otro lado, una investigación realizada por la Universidad de Veracruz sostiene que "la motivación es un factor decisivo en el proceso de enseñanza y el profesor debe propiciarla para dar razón de ser a las clases", (López Aguilar, 2010). De este modo, lograr una mayor atención no es sólo labor del estudiante, sino de un profesor preparado que sepa dotar sus lecciones de actividades dinámicas y motivacionales.
La actividad creativa es un tipo de proceso de aprendizaje en el que el profesor y el alumno se hallan en el mismo individuo.”  
Arthur Koestler (1905-1983), escritor británico de origen húngaro.

El diseño de actividades y programas visuales y auditivos que puedan fortalecer los niveles atencionales es una estrategia importante en la activación de los procesos cognitivos implicados en el aprendizaje (Marcela Ojeda 2014), lo que influye en la atención de los estudiantes y, por lo tanto, en el aprendizaje de idiomas extranjeros.

Desde mi experiencia, puedo asegurar que los juegos en clase suelen surtir efecto a la hora de motivar a los alumnos para seguir estudiando un idioma. Así pues, un estudio publicado en una revista digital para profesionales de la enseñanza (2010) coloca la acción de realizar juegos como uno de los cuatro métodos que impiden la pérdida de atención de los estudiantes en clase, pues "son de vital importancia para mantener activo al estudiante e inmerso en el aprendizaje lo que evita el aburrimiento y propicia un ambiente social y afectivo adecuado en el aula", (López Aguilar, 2010).

Para la enseñanza del español como lengua extranjera existen multitud de actividades lúdicas que se pueden combinar con la mayoría de los temas de gramática. Por ejemplo, un juego que acostumbro a usar con mis estudiantes para practicar las formas verbales es el clásico de hundir la flota en el que lanzar las bombas consiste en conjugar los verbos dados. Otro muy bueno es el "quién es quién", con el que se puede practicar de manera divertida las descripciones y así hacer la clase más amena que si se hubiese instado al alumno a describir la imagen de un actor sacada de Internet.

No solamente los juegos convencionales sirven para enseñar idiomas. En el ámbito educativo también "cobra especial importancia el uso de las TIC en los procesos educativos; por lo que las instituciones educativas deben apostar en la innovación educativa" (Bernal Pico, 2017). Es así como en la red encontré varias actividades interactivas para participar toda la clase, como el popular juego kahoot, que trata de responder a preguntas personalizables y relacionadas con un tema determinado. 
“El maestro que intenta enseñar sin inspirar en el alumno el deseo de aprender está tratando de forjar un hierro frío.” 
Horace Mann (1796-1859), educador estadounidense.

Como se puede ver, hay muchas opciones para acotar las clases y que los alumnos no se cansen, pero de nada sirven sin la voluntad docente para ponerlas en práctica. López Aguilar (2010): "fomentar la participación activa y la interacción entre los estudiantes permite que estos dejen de ser receptores pasivos de los contenidos y no se aburran." Asimismo, podemos concluir que el empleo de los juegos en clase como práctica de los conocimientos teóricos fomenta el aprendizaje de idiomas dada su capacidad de sostener la atención del estudiante, que participa de forma activa, evitando así las distracciones y la pérdida de interés.
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Nieve, piano y donuts

Noviembre de 2018, para mí fue un año muy frío, para otros había sido el menos nevado. Me disponía a hacer las maletas para irme. El gato no estaba muy contento con la idea. Tenía que salir del país cuanto antes, aunque en el fondo me sentía como si me hubieran desterrado. El visado me caducaba en unos días.

Era la primera vez que iba a cruzar una frontera real en autobús. Siempre me había imaginado que las fronteras eran lugares muy serios que sólo se podían cruzar en tren, o en barco, o en avión. Allí estábamos nosotros, unos treinta y tantos rusos y yo, un español perdido, bajando del vehículo en las puertas de Narva, a unos veinte grados bajo cero y con las rodillas entumecidas del viaje.

La imagen de la frontera rusa con Estonia era decepcionante, casi rozando lo ridículo. Recuerdo que la funcionaria, una mujer estonia grandota de edad media y mirada antipática, no me dejaba volver a Europa a pesar de haberle mostrado mi pasaporte. Gracias a Dios, llamó a su colega, un chico joven y con apariencia más abierto que ella. Después de intercambiar unas palabras con él, y con la suerte de que llevaba mi DNI encima, el chico hizo un gesto afable a la señora que interpreté como que todo estaba bien y que podían dejarme pasar. 

La entrada a Europa consistía en dos puertas de color beige, una a cada lado de la oficina acristalada en la que me habían recibido. A mí me indicaron la puerta derecha. No sé si eso tendría algún significado, lo único que tengo claro es que me sentí todavía más perdido cuando la crucé. Delante de mí había una especie de laberinto blanco construido con paredes postizas de esas de cartón. Como no había nadie alrededor para indicarme el camino, seguí el laberinto hasta que tuve la oportunidad de girar a la izquierda o a la derecha. Elegí la izquierda porque era el lado en el que más cerca veía la puerta de salida. Ya podía oír el autobús arrancando. Sin embargo, algo me impidió seguir adelante. Detrás de mí, sonó un chistido que me decía que por ahí no podía continuar.

Otra señora estonia del mismo peso que la anterior me estaba esperando al otro extremo de la sala. Me hizo indicaciones de que debía seguirla, y evidentemente la seguí. Me llevó hasta un lugar donde había unas mesas de color blanco. Me preguntó qué llevaba en la maleta. "Ropa y desodorante", le dije. Pero no se fió de mí y me ordenó abrirla para demostrarlo. Como había pasado por una mala racha, en ese momento no llevaba mi inseparable fajo de billetes de quinientos euros (sarcasmo). En fin, la funcionaria no vio nada sospechoso y me permitió seguir mi camino. No fue esa suerte, sin embargo, la de un abuelo ruso al que un perro adiestrado pilló con una cajita de pastillas, se ve que ilegales en Estonia, dentro de la maleta. Pero esa es otra historia.

Pasar la frontera rusa solo era el principio. También había que pasar la europea. Calculo que bajamos y subimos del autobús unas tres veces. El viaje desde una esquina de Estonia hasta la capital letona todavía no había terminado. Tuve suerte de que el autobús contara con calefacción, una máquina de café, una televisión y un baño. Unas horas más y llegamos a la estación de autobuses de Riga, aunque no por ello me encontraba más desahogado. La calle estaba helada y oscura. Para colmo, el hostal donde debía alojarme estaba cerrado y tuve que pasar el resto de la noche dentro de la estación, intentando no mirar directamente a los ojos de los vagabundos que también iban huyendo del oscuro y frío invierno báltico. La noche me pareció eterna. Cuando por fin amaneció, me dirigí al hostal desando poder echarme un rato sobre una mullida y calentita cama. Yo no soy de los que consiguen conciliar el sueño con el ruido de un motor de fondo.

El recepcionista del hostal casi me cerró la puerta al verme aparecer con las pintas de un desamparado y unas ojeras que me llegaban hasta los tobillos. El hostal no estaba mal. Para su precio, me esperaba que el baño tuviera moho en las paredes o algo así. Me alivió ver que la cama tampoco tenía rastros de sangre. El lugar, en general, estaba bastante destartalado. Olía a viejo húmedo por todas partes, seguramente de que la gente entrara y saliera con las botas llenas de barro. Una de las cosas buenas que tenía era una máquina de café en el pasillo. El café no estaba muy bien pero hacía un chocolate buenísimo. Por suerte, en la planta baja del edificio había un McCafé que tenía que cruzar cada vez que quería entrar al hostal. Tuve que adaptarme al horario del establecimiento, pero no me importaba porque las últimas horas del día las pasaba comiendo alguna mierda.

Mi habitación era bastante pequeña, no creo que tuviera más de diez metros cuadrados. Dos camas individuales estaban empotradas a lo largo del habitáculo, un perchero roto, un espejo sucio y una mesita con una forma muy rara las acompañaban. También había una ventana muy grande, de esas del norte que llegan casi al techo, que daba a unas vistas no muy bonitas de un centro comercial. Las paredes eran de cartón, por lo que se podía oír hasta las respiraciones del vecino de al lado. De los ronquidos mejor ni hablamos. La habitación estaba bien, para qué engañarnos. Al menos tenía una ventana, y hasta con cortina rosa y todo.

Mi estancia en Riga se me hizo bastante larga, pero encontré los ánimos suficientes para visitar el casco antiguo. Me sorprendió mucho que un lugar tan gris desprendiera tanta belleza. Sinceramente, no conozco una ciudad española con un nivel similar de conservación del patrimonio histórico. Ni una pintada de spray en las paredes, ni un botellín de cerveza tirado en la calle... Todo estaba tan impecable como en Rusia, algo que no puedo decir de mi patria. Supongo que es una cuestión de respeto, el que los rusos y letones tienen hacia su historia, una cosa que a nosotros, los españoles, nos cuesta tanto comprender.

Tenía claro que me iba a quedar en Riga una temporadita, de modo que decidí buscar algún quehacer. Una tarde encontré una peculiar cafetería cerca de la central de visados y del barrio modernista. He de admitir que fue de los mejores descubrimientos que hice. También encontré de casualidad la sede de la plataforma ask.fm, lo que despertó en mí algunos buenos recuerdos de mi adolescencia.

La cafetería no era muy popular. Se llamaba algo así como zdonuts. Ahora mismo no lo recuerdo bien. Supuse que su título venía de que, además de una cafetería, también era una tienda de donuts. Tenían de todos los sabores y colores, rellenos y sin rellenar. A mí me gustaba mucho el de coco y el de chocolate (por supuesto). Costaban alrededor de 0,80€ la unidad. No era nada si tenemos en cuenta que los ponían en una cestita la mar de mona. A menudo iba allí para sentarme en una de las mesas de madera a pensar en mis cosas y a mirar la nieve por la ventana mientras me tomaba un café. Pero lo que más me gustaba del lugar no eran sus donuts, ni sus vistas a la calle nevada. Lo que hizo que me enamorara definitivamente de Riga es que allí, como en San Petersburgo, las cafeterías están decoradas en el estilo del siglo XIX, lo que innegablemente significa que tendrán un piano de pared encajonado en un rincón.

Así pues, fue mi rutina diaria despertarme temprano para ir a tocar el piano en aquella acogedora cafetería riguesa. Entonces sentía cómo mis preocupaciones se desvanecían flotando entre las notas o disolviéndose como el azúcar en el café. Ni la nieve, que se iba acumulando en la calle, me impedía ir cada día a mi santuario. Allí también aplaudían mis torpes conciertuchos, algo que ayudó a que empezaran a tratarme como a un cliente habitual. Gracia a eso, en una ocasión me invitaron a un donut de fresa.

Los últimos días en el hostal fueron un poco incómodos. Yo no tenía muy buen aspecto que digamos. Me había crecido mucho la barba y tenía el pelo como un estropajo. Por eso decidí no aparecer más por la cafetería, no fuera que diera náuseas a los clientes y vomitaran todos los donuts al dueño. Ya no estaba para más trotes. Además, mi pijama olía a rayos, y mi cama también. Al parecer no lavaban las habitaciones si el huésped no se había marchado, o esa fue mi impresión. A mi habitación no había entrado nadie a limpiar desde hacía casi un mes. A las contiguas puedo suponer que sí porque cada noche escuchaba una pareja nueva. De no ser porque no me quedaba más dinero, me habría cambiado de alojamiento al primer orgasmo. ¿He dicho ya que las paredes eran de cartón? Pues eso, que aguanté hasta el último día. Cuando fui a hacer el check out, al recepcionista se le pusieron los ojos como platos buscando mi nombre en su libro de registros. Supongo que no dio crédito al ver que había sobrevivido tanto tiempo en su casa.

¡Qué buenos recuerdos aquellos de hace dos años! Entonces no me preocupaban mis pantalones sudados ni mis piernas pegajosas. Vivía como un desamparado sin echar en falta la libertad. Puede que ésta no fuera una gran historia llena aventuras por el bosque, romances bajo la lluvia o descubrimientos sorprendentes, sin embargo, tiene todos los elementos que, en mi opinión, tiene toda buena experiencia: nieve, piano y donuts.
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Publicación | Revista Crisopeya

Me han publicado el microcuento "El desagüe" en la revista colombiana de arte y literatura "Crisopeya". Estoy muy contento de su publicación porque es uno de los textos que escribí en Rusia antes de volver a España. Por eso le tengo tanto cariño. Ha sido una gran sorpresa recibir la noticia de su publicación. Lo podéis leer aquí.

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La gran nevada | Holden Centeno

En estas fechas tan entrañables y esperadas, se hace necesario amenizar el frío con un poco de literatura. Aunque la historia está hilada sobre un mano blanco, La gran nevada (2017) de Holden Centeno consigue ofrecernos esa calidez tan deseada en estos tiempos de pandemia.

Entre sus páginas no se esconde una historia típica de Navidad. Se trata de un relato que se puede leer en cualquier época del año para descubrir el vínculo de un tierno amor contemplado desde los ojos de un niño inocente. 

Cabe resaltar la facilidad del autor para expresar los sentimientos ajenos desde un punto de vista infantil. El amor, la ternura, la decepción, la locura... Todo ello se encuentra enlazado en un relato que logra calentar hasta los corazones más helados.

La gran nevada de Holden Centeno es una de esas lecturas recomendables para reducir significativamente esas horas de cuarentena en las que nos preguntamos: ¿Seré el único que lo está pasando mal?

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Vive entre cadáveres | A. Fuentegrís

La vida está llena de misterio, de extrañas situaciones, y de gente rara que puede dar un vuelco a nuestra forma de ver las cosas. Es difícil saberlo todo, y entenderlo menos aún. A veces, las vivencias que tenemos con otras personas son capaces de romper las reglas más conformadas en nuestra sociedad. No importa la edad ni el lugar. Un peculiar descubrimiento puede tener lugar en una oficina, o en un instituto de secundaria. En éste último escenario es donde lo vive Marcos, el protagonista de Vive entre cadáveres (2018) del escritor A. Fuentegrís.

Trata del romance entre Marcos, un popular estudiante de secundaria, que se enamora de Alejandra, la chica rara del instituto. La vida en torno a la muchacha es cuanto menos enigmática, razón por la cual Marcos decide indagar en su pasado en cuanto descubre que es el amor de su vida. Sin embargo, lo que ella esconde no es un secreto cualquiera...

La historia se desenvuelve en una serie de escenarios tan cercanos para mí que no he podido desprenderme de cada página. Cada detalle descrito por el autor bajo un chaparrón de diálogos entrelazados que resultan de una precipitada pasión por contar hasta el más minúsculo aliento.

Vive entre cadáveres de A. Fuentegrís es una entrañable historia de amor llena de baches y rozaduras que recomiendo a los amantes del misterio y de las relaciones enrevesadas, apuntillada con un final atípico que dejará con ganas de una segunda parte.

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Publicación | Ficciones Lado|B|erlin

La revista digital Lado|B|erlin ha publicado mi microcuento "El Maniquí" en su sección de ficciones. Aunque es un relato del que no estoy muy orgulloso, fue una gran sorpresa y un gusto para mí recibir la noticia de que lo habían seleccionado para su publicación. El microcuento se puede leer aquí.

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