✒ Nieve, piano y donuts

    Noviembre de 2018, para mí fue un año muy frío, para otros había sido el menos nevado. Me disponía a hacer las maletas para irme. El gato no estaba muy contento con la idea. Tenía que salir del país cuanto antes, aunque en el fondo me sentía como si me hubieran desterrado. El visado me caducaba en unos días.

Era la primera vez que iba a cruzar una frontera real en autobús. Siempre me había imaginado que las fronteras eran lugares muy serios que sólo se podían cruzar en tren, o en barco, o en avión. Allí estábamos nosotros, unos treinta y tantos rusos y yo, un español perdido, bajando del vehículo en las puertas de Narva, a unos veinte grados bajo cero y con las rodillas entumecidas del viaje.

La imagen de la frontera rusa con Estonia era decepcionante, casi rozando lo ridículo. Recuerdo que la funcionaria, una mujer estonia grandota de edad media y mirada antipática, no me dejaba volver a Europa a pesar de haberle mostrado mi pasaporte. Gracias a Dios, llamó a su colega, un chico joven y con apariencia más abierto que ella. Después de intercambiar unas palabras con él, y con la suerte de que llevaba mi DNI encima, el chico hizo un gesto afable a la señora que interpreté como que todo estaba bien y que podían dejarme pasar. 

La entrada a Europa consistía en dos puertas de color beige, una a cada lado de la oficina acristalada en la que me habían recibido. A mí me indicaron la puerta derecha. No sé si eso tendría algún significado, lo único que tengo claro es que me sentí todavía más perdido cuando la crucé. Delante de mí había una especie de laberinto blanco construido con paredes postizas de esas de cartón. Como no había nadie alrededor para indicarme el camino, seguí el laberinto hasta que tuve la oportunidad de girar a la izquierda o a la derecha. Elegí la izquierda porque era el lado en el que más cerca veía la puerta de salida. Ya podía oír el autobús arrancando. Sin embargo, algo me impidió seguir adelante. Detrás de mí, sonó un chistido que me decía que por ahí no podía continuar.

Otra señora estonia del mismo peso que la anterior me estaba esperando al otro extremo de la sala. Me hizo indicaciones de que debía seguirla, y evidentemente la seguí. Me llevó hasta un lugar donde había unas mesas de color blanco. Me preguntó qué llevaba en la maleta. "Ropa y desodorante", le dije. Pero no se fió de mí y me ordenó abrirla para demostrarlo. Como había pasado por una mala racha, en ese momento no llevaba mi inseparable fajo de billetes de quinientos euros (sarcasmo). En fin, la funcionaria no vio nada sospechoso y me permitió seguir mi camino. No fue esa suerte, sin embargo, la de un abuelo ruso al que un perro adiestrado pilló con una cajita de pastillas, se ve que ilegales en Estonia, dentro de la maleta. Pero esa es otra historia.

Pasar la frontera rusa solo era el principio. También había que pasar la europea. Calculo que bajamos y subimos del autobús unas tres veces. El viaje desde una esquina de Estonia hasta la capital letona todavía no había terminado. Tuve suerte de que el autobús contara con calefacción, una máquina de café, una televisión y un baño. Unas horas más y llegamos a la estación de autobuses de Riga, aunque no por ello me encontraba más desahogado. La calle estaba helada y oscura. Para colmo, el hostal donde debía alojarme estaba cerrado y tuve que pasar el resto de la noche dentro de la estación, intentando no mirar directamente a los ojos de los vagabundos que también iban huyendo del oscuro y frío invierno báltico. La noche me pareció eterna. Cuando por fin amaneció, me dirigí al hostal desando poder echarme un rato sobre una mullida y calentita cama. Yo no soy de los que consiguen conciliar el sueño con el ruido de un motor de fondo.

El recepcionista del hostal casi me cerró la puerta al verme aparecer con las pintas de un desamparado y unas ojeras que me llegaban hasta los tobillos. El hostal no estaba mal. Para su precio, me esperaba que el baño tuviera moho en las paredes o algo así. Me alivió ver que la cama tampoco tenía rastros de sangre. El lugar, en general, estaba bastante destartalado. Olía a viejo húmedo por todas partes, seguramente de que la gente entrara y saliera con las botas llenas de barro. Una de las cosas buenas que tenía era una máquina de café en el pasillo. El café no estaba muy bien pero hacía un chocolate buenísimo. Por suerte, en la planta baja del edificio había un McCafé que tenía que cruzar cada vez que quería entrar al hostal. Tuve que adaptarme al horario del establecimiento, pero no me importaba porque las últimas horas del día las pasaba comiendo alguna mierda.

Mi habitación era bastante pequeña, no creo que tuviera más de diez metros cuadrados. Dos camas individuales estaban empotradas a lo largo del habitáculo, un perchero roto, un espejo sucio y una mesita con una forma muy rara las acompañaban. También había una ventana muy grande, de esas del norte que llegan casi al techo, que daba a unas vistas no muy bonitas de un centro comercial. Las paredes eran de cartón, por lo que se podía oír hasta las respiraciones del vecino de al lado. De los ronquidos mejor ni hablamos. La habitación estaba bien, para qué engañarnos. Al menos tenía una ventana, y hasta con cortina rosa y todo.

Mi estancia en Riga se me hizo bastante larga, pero encontré los ánimos suficientes para visitar el casco antiguo. Me sorprendió mucho que un lugar tan gris desprendiera tanta belleza. Sinceramente, no conozco una ciudad española con un nivel similar de conservación del patrimonio histórico. Ni una pintada de spray en las paredes, ni un botellín de cerveza tirado en la calle... Todo estaba tan impecable como en Rusia, algo que no puedo decir de mi patria. Supongo que es una cuestión de respeto, el que los rusos y letones tienen hacia su historia, una cosa que a nosotros, los españoles, nos cuesta tanto comprender.

Tenía claro que me iba a quedar en Riga una temporadita, de modo que decidí buscar algún quehacer. Una tarde encontré una peculiar cafetería cerca de la central de visados y del barrio modernista. He de admitir que fue de los mejores descubrimientos que hice. También encontré de casualidad la sede de la plataforma ask.fm, lo que despertó en mí algunos buenos recuerdos de mi adolescencia.

La cafetería no era muy popular. Se llamaba algo así como zdonuts. Ahora mismo no lo recuerdo bien. Supuse que su título venía de que, además de una cafetería, también era una tienda de donuts. Tenían de todos los sabores y colores, rellenos y sin rellenar. A mí me gustaba mucho el de coco y el de chocolate (por supuesto). Costaban alrededor de 0,80€ la unidad. No era nada si tenemos en cuenta que los ponían en una cestita la mar de mona. A menudo iba allí para sentarme en una de las mesas de madera a pensar en mis cosas y a mirar la nieve por la ventana mientras me tomaba un café. Pero lo que más me gustaba del lugar no eran sus donuts, ni sus vistas a la calle nevada. Lo que hizo que me enamorara definitivamente de Riga es que allí, como en San Petersburgo, las cafeterías están decoradas en el estilo del siglo XIX, lo que innegablemente significa que tendrán un piano de pared encajonado en un rincón.

Así pues, fue mi rutina diaria despertarme temprano para ir a tocar el piano en aquella acogedora cafetería riguesa. Entonces sentía cómo mis preocupaciones se desvanecían flotando entre las notas o disolviéndose como el azúcar en el café. Ni la nieve, que se iba acumulando en la calle, me impedía ir cada día a mi santuario. Allí también aplaudían mis torpes conciertuchos, algo que ayudó a que empezaran a tratarme como a un cliente habitual. Gracia a eso, en una ocasión me invitaron a un donut de fresa.

Los últimos días en el hostal fueron un poco incómodos. Yo no tenía muy buen aspecto que digamos. Me había crecido mucho la barba y tenía el pelo como un estropajo. Por eso decidí no aparecer más por la cafetería, no fuera que diera náuseas a los clientes y vomitaran todos los donuts al dueño. Ya no estaba para más trotes. Además, mi pijama olía a rayos, y mi cama también. Al parecer no lavaban las habitaciones si el huésped no se había marchado, o esa fue mi impresión. A mi habitación no había entrado nadie a limpiar desde hacía casi un mes. A las contiguas puedo suponer que sí porque cada noche escuchaba una pareja nueva. De no ser porque no me quedaba más dinero, me habría cambiado de alojamiento al primer orgasmo. ¿He dicho ya que las paredes eran de cartón? Pues eso, que aguanté hasta el último día. Cuando fui a hacer el check out, al recepcionista se le pusieron los ojos como platos buscando mi nombre en su libro de registros. Supongo que no dio crédito al ver que había sobrevivido tanto tiempo en su casa.

¡Qué buenos recuerdos aquellos de hace dos años! Entonces no me preocupaban mis pantalones sudados ni mis piernas pegajosas. Vivía como un desamparado sin echar en falta la libertad. Puede que ésta no fuera una gran historia llena aventuras por el bosque, romances bajo la lluvia o descubrimientos sorprendentes, sin embargo, tiene todos los elementos que, en mi opinión, tiene toda buena experiencia: nieve, piano y donuts.