✒ Dormir en una kommunalka

    Ayer, después de insistir varias veces, por fin me pusieron la primera dosis de Pfizer. Salvo por el dolor del brazo, que lo sentía como si un orangután hubiera estado dándome puñetazos en el pinchazo, no lo he pasado tan mal. Ni siquiera sufrí durante la noche. De hecho, hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Me esperaba no poder pegar ojo, con dolores por todo el cuerpo, fiebre e insomnio como le había pasado a la mayoría de los que conozco. Dicen que lo fuerte viene después de la segunda dosis. Si es así, entonces habrá que esperar para verlo...

Anoche me fui a la cama confiando en que no podría dormir, así que me puse a ojear algunas fotos de cuando me mudé a Rusia por primera vez. En mí despertaron algunos sentimientos en un orden extraño; primero nostalgia, luego rabia, más tarde satisfacción... De todo un poco. Fui pasando las fotos con el dedo hasta que me detuve en una bastante peculiar. Era la foto de un viejo sofá de color verde, cochambroso y lleno de polvo. Al principio, con el cansancio y las horas que eran no lo pude identificar bien. "Será el sofá de mi abuela", pensé. No podía ser el sofá de mi abuela, en Rusia no.

Aquel sofá viejo y sucio fue mi cama, una cama diferente, impregnada de sueños y esperanzas (y algo más), en la que dormí durante seis largos meses en Rusia. Aquel singular sofá se encontraba en el callejón Vilensky de San Petersburgo, en el número 8 creo recordar, la kommunalka en la que me hospedé con mucha ilusión e inocencia hasta que logré mudarme a otro lugar más decente.

Una kommunalka, para los que no lo sepan, es como un piso patera de la Unión Soviética. Basta con imaginar un piso viejo y destartalado de cuatro habitaciones distribuidas en un largo pasillo. Cada habitación tenía su propio contador de luz sobre la puerta. Por supuesto, había zonas comunes, como el pasillo, el baño y la cocina, no muy grandes. El baño estaba partido, es decir, la ducha y el váter se encontraban en cuartos diferentes. Sinceramente, para un españolito europeo como yo, que iba de primeras a la aventura rusa, fue algo bastante impresionante a lo que traté de acostumbrarme.

Las habitaciones no eran suites de lujo, ni mucho menos. Disponían de lo básico para "sobrevivir"; una cama, un armario y poco más. La mía, en cambio, no tenía ni eso. Tan sólo contaba con un aparador gigante con muchos platos y copas, una mesa enorme de roble macizo que ocupaba media habitación, una gran alfombra en el suelo y aquel ridículo sofá rompe-espaldas. Parecía más un salón que un dormitorio, y eso es lo que sería en el pasado al fin y al cabo.

En mi kommunalka había cuatro habitaciones, o lo que es lo mismo, cuatro familias con las que tenía que convivir. Lo peor es que yo no tenía ni idea de ruso, lo que hacía más difícil la convivencia con el resto. El primer día allí conocí a una joven rusa muy maja, vivía en la habitación contigua a la mía y creo que se llamaba Nastya (Anastasia). Apenas la veía por allí, pero por suerte era la única que sabía hablar inglés y fue ella la que me explicó cómo funcionaba todo. También conocí a una abuelita encantadora que vivía en la habitación del fondo del pasillo, junto al baño. La experiencia habría sido fantástica si no hubiera conocido a Aleksei...

Aleksei era un ucraniano loco y racista de casi sesenta años. Vivía con su mujer y su hijo, y lo peor de todo, era instructor de boxeo. Si no hacías lo que te decía, se ponía en guardia y te retaba a una pelea agitando los puños delante de tu cara. Para colmo, el tío era un supuesto maniático de la limpieza, y digo "supuesto" porque parecía que vivían tan a gusto como los cerdos.

El primer día, sin conocerlo ni haber vivido allí todavía, Aleksei me ordenó que les limpiase todo el piso. Por supuesto que me negué. Allí había roña de haber estado tres años sin pasar la escoba. Para que os hagáis una idea, el pasillo estaba lleno de trastos; bicicletas tiradas, zapatos desperdigados, una nevera que no funcionaba en un rincón y dos pilas de neumáticos que a saber para qué las querrían. Obviamente, a raíz de haberme negado las cosas no mejoraron, pero esa es otra historia.

En este artículo quiero hablar de lo incómodo que era dormir en aquel sofá. Para empezar, era demasiado pequeño para mí. Apenas medía un metro y medio. Es cierto que se podía plegar a modo de cama y que así aumentaba su tamaño, pero el uso continuado y el paso del tiempo habían apelmazado la esponja, que ya no podía proteger la espalda de los duros cantos de la estructura de madera. De modo que lo único que podía hacer para evitar la lumbalgia era encogerme y dormir como un feto.

Así aguanté dos meses hasta que decidí acercarme al Ikea para comprar una cama en condiciones. Como el sueldo no me daba ni para la más pequeña, opté por comprar una hinchable. Llegué a casa con una sonrisa de oreja a oreja con mi cama hinchable, como quien se compra un coche nuevo o se va a casar al día siguiente. Abrí la caja. Para mi disgusto, no venía con hinchador. No era un problema. Estaba tan eufórico que podía ser capaz de usar mis pulmones durante un buen rato. Al cabo de unos minutos, terminé de color rojo y medio muerto en el suelo. Pero había merecido la pena; la cama estaba lista.

Recuerdo que aquel día quería que pasase deprisa. Quería terminar rápido en el trabajo para llegar cuanto antes a casa y probar mi nueva cama. Era muy cómoda y aguantaba muy bien mi peso. Además de que era ligera, la podía apartar cuando quería más espacio en la habitación. Al puñetero sofá ya no quería ni verlo. Le deseaba lo peor; que lo tirasen al contenedor de la basura, que lo quemasen e incluso que nunca lo hubieran fabricado. Ya me las podía apañar sin él. Dormí como un rey en mi nueva cama durante una semana. Los buenos tiempos siempre terminan rápido, vaya. Una noche, sin previo aviso, la cama hinchable decidió que había disfrutado bastante.

Tengo un problema y es que por las noches soy muy inquieto. No puedo dormir del tirón en una sola posición, sino que tengo que ir cambiando para poder conciliar el sueño. Así lo hacía siempre que podía. Obviamente, en el sofá no podía hacerlo porque me caía. Nunca logré descansar bien, por eso lo de comprarme una cama. ¡Y qué lástima de cama! Me costó alrededor de dos mil rublos. ¡Y qué lástima de dos mil rublos! 

Una noche me moví demasiado, y aunque la cama estaba colocada sobre la alfombra, con algún objeto punzante rozaría porque, de repente, a eso de las tres de la madrugada, fui notando como si la cama fuera descendiendo poco a poco, y yo me sentía como si me fuera empequeñeciendo. Abrí los ojos de sopetón. Me desvelé. El techo se estaba alejando y yo empezaba a notar la dureza de la alfombra en mi cocorota. La cama se estaba deshinchando... No pude hacer nada. Con mucha impotencia dejé que el destino me engullera poco a poco hasta que la cama tocase el suelo con su último aliento. 

Me levante en medio de la noche sin saber qué hacer. Una cosa estaba clara, tenía que mudarme de allí cuanto antes. Miré el reloj, eran casi las cuatro y al día siguiente tenía un intensivo de A2. Tenía que dormir. Me volví hacia mi viejo amigo, hacia el pequeño y cochambroso sofá de color verde. Lo miré con resignación. Él me miró a mí. Me dio la sensación de que quería recibirme con sus brazos abiertos. Yo estiré los míos. Hice crujir mi espalda para que el golpe no fuera demasiado duro. Me senté sobre el sofá, adopté mi acostumbrada posición fetal y traté de dormir unos meses más.