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✒ De vuelta en San Petersburgo

De vuelta en San Petersburgo

De vuelta en San Petersburgo

    Tú, navegante de la red de redes, que me estás leyendo desde no sé qué parte del mundo, espero que me disculpes por no haber escrito nada desde hace mucho tiempo. Quizás seas un fiel seguidor mío, o tal vez has llegado aquí por primera vez. Puede que hayas leído alguno de mis libros o que tan sólo la casualidad te haya reunido conmigo como un mal día que termina mojado. Seas quien seas, lee con atención las titilantes líneas que te escribo sin ánimo de contrapartida y que te dedico a ti, querido lector o lectora, sin apenas conocerte aunque con enormes ganas de hacerlo.

Me llamo Enrique y soy otro más de los muchos desgraciados a los que la pandemia propinó una patada en la boca, sin ocasión de esquivarla, con las manos cubriendo los ojos pero no igual las esperanzas y sueños que terminaron saliendo disparados, escupidos en un chispeo de sangre, como dientes rotos tras una soberana paliza.

Yo soy de los tercos que piensan que si deseas hacer algo, debes hacerlo. Me dijeron que no debía pensar más de esa manera, que todo el mundo lo estaba pasando igual de mal. Si bien se ha demostrado que un virus puede parar hasta un avión, no es menos cierto que las esperanzas y los sueños de la gente, aunque desgastados por las circunstancias, nunca dejan de volar alrededor de nosotros. Nos rodean, constantemente, cuando estamos en casa, en la escuela o en el trabajo, esperando algún día poder aterrizar de nuevo en nuestras vidas.

La pandemia nos sigue azotando a todos. Nuestras cabezas se llenan de preguntas, para unos, para otros solo son condicionales que ya nunca podrán ser resueltos por ser demasiado tarde. A ellos les tocó la peor parte aunque a fin de cuentas todos estamos jodidos por igual. Nadie se libra de los contagiosos tentáculos del virus. Ningún científico, ni siquiera tras dos años de intenso oleaje, ha logrado plantar cara a la amenaza diciendo "ya te tengo, ya te tenemos, hasta aquí habrá llegado tu era de terror". Por el contrario, los meses, eternos meses, siguen pasando, indiferentes, como un río de gente pasa frente a un músico callejero a las puertas del metro.

Desde el inicio de la pandemia no pasó ni medio año hasta que, débil de mí, me harté y lo dejé todo. Absolutamente todo lo que obtuve hasta ese momento, o más bien lo poco que conseguí acaparar, lo deseché como se desecha una mascarilla de un uso. Otra vez dejé mi país, España, y otra vez me largué a otro más familiar y menos paralizado y, por qué no decirlo, menos maltratado por el tiempo. Seguramente el encierro y las continuas medidas inútiles que se adoptaban en mi país agilizaron mi decisión. ¿A quién puedo culpar? A nadie. 

En conclusión, me fui. Dejé atrás a mi familia y mis amigos, otra vez. Me dijeron que lo estaba haciendo mal, que debía aguantarme como todos y esperar a que el tiempo pasara. Pasó un año, luego pasaron dos... ¿Cuánto más tenía que esperar, inmóvil e impotente, sentado en el sofá del salón hasta que sonara el teléfono con una oferta del sistema de empleo? Ese sistema que te quiere así; manso y dócil para que no puedas alterar demasiado el orden de los acontecimientos.

No consentí que me hicieran esperar más, y con perseverancia y ayuda de mi compañera, Dasha, fue como llegué a ser uno de los primeros extranjeros que lograron entrar en Rusia tras el fin de los cierres fronterizos. No fue nada fácil y, de hecho, sigue sin serlo. Me dijeron que no podía largarme a otro lugar así como así, que no podía salir de mi país tan fácilmente. Había mil restricciones, todas las fronteras cerradas y los teléfonos de las embajadas estaban descolgados. Me sentía como en una guerra y, aunque me llamen conspiranoico, tengo razones para pensar que no iba tan mal encaminado. Mientras tramitaba toda la documentación, y dadas las innumerables trabas que me pusieron, me daba la sensación de que todos los países estaban usando la pandemia como un arma política. Una guerra silenciosa, invisible, que nadie puede ver pero que todo el mundo puede sentir, igual que un virus.

En cualquier caso, por fin puedo decirlo con gran alivio: he vuelto a San Petersburgo. Curiosamente, aquí todo permanece inalterable, como si nada ocurriera. Sales a la calle y es imposible escapar del alboroto y el movimiento. Las fiestas no han desaparecido y no hay que afinar la vista para averiguar si una persona está triste o contenta. Todavía se pueden ver las sonrisas de los viandantes, y yo me alegro de ello.

La vida aquí en invierno es dura, sí, de eso aún me acuerdo. Y también me acuerdo de lo ilusionado que me sentía aquel nueve de septiembre de 2017, cuando recibí el visado ruso y el visto nuevo de quien sería mi futuro jefe en Rusia. Cargué dos grandes maletas con todo lo que iba encontrando en mi habitación. "¡No vayas a Rusia que allí hace frío!", me decían mis allegados... por eso llené una maleta con mucha ropa y la otra hasta la mitad, y en la otra mitad metí unos pocos trastos que jamás llegaría a utilizar aquí: unas castañuelas, un libro de partituras de barbershop y un bañador de color naranja. De lo que no me arrepiento es de haberme traído una plancha, creyendo que en Rusia no tendrían, porque eso fue, además de la ropa, lo que más aproveché después de todo.

San Petersburgo es como esa vieja amiga que siempre te recibe con los brazos abiertos, pero que no puede evitar arrugar el ceño como si quisiera saber adónde habías ido y qué estabas haciendo todo este tiempo. Seguidamente te invita a unos sirniki y un té de frutas del bosque, y todos tan amigos. "¡Estaba en España!", yo podría responder una y otra vez con una estúpida sonrisa y el desinterés de tener que explicar la historia completa.

La razón de haberme marchado mi país de nuevo es una historia frágil y difícil. Es frágil porque, en cualquier momento del relato, cualquier persona podría lanzarme una egoísta pero certera piedra que logre hacerla pedazos, y es difícil porque yo todavía no sé cómo contarla para que eso no suceda. La cuente o no algún día, el final ya lo sabe todo el mundo; estoy en Rusia. Ese es el final, y será el final durante mucho tiempo, como mínimo hasta el día en que la pandemia termine.

¿Y por qué te escribo a ti, querido lector y lectora? Pues nada más y nada menos que para darte un consejo. Quizás no soy el más indicado para hacerlo porque yo, como el más desgraciado, he cometido muchos errores en mi vida. Sin embargo, creo que tengo el derecho de, al menos, avisarte de que si algún día te dicen que no puedes hacer algo, no les hagas caso. Si algún día te dicen que no puedes salir de tu país, no les hagas caso. Si algún día te dicen que naciste para ser esclavo del sistema, no les hagas caso. A mí siempre me lo decían, antes y ahora, y aquí estoy pasando frío. Tú, en cambio, seguro que sabes bien lo que quieres. Sabes lo que tienes que hacer y, termine la historia bien o mal, no hay sensación más gratificante que la de sentirse realizado. Porque es mejor morir habiendo hecho algo que deseabas que vivir torturado por la pregunta: "¿Y si hubiera...?"
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✒ Las cinco mejores plataformas para leer libros

Monumento biblioteca Alicante

Las cinco mejores plataformas para leer libros

    Desde que empezó la pandemia, el uso se las nuevas tecnologías se despegado como un cohete. Las tareas que realizábamos presencialmente como trabajar, ir a clases o hablar con los amigos pasaron a desarrollarse de manera virtual, sobre todo durante la cuarentena, apartando de nuestras mentes por unos meses razonable pero prohibida idea de que salir de casa es sinónimo de vivir. 

Los tiempos, afortunadamente, han mejorado en el último año. Los repuntes de contagios han cesado en mayor medida y por las calles ya se pueden volver a ver las sonrisas de las personas, o quizás sólo de aquéllas a las que les quedan algunas ganas de sonreír. Sin embargo, ni siquiera el fin de la tempestad ha logrado acabar con el uso continuado que le damos a la tecnología para algunas cosas. 

Cuando en la cuarentena sólo podían abrir los establecimientos básicos como las farmacias o los supermercados, otros lugares "menos importantes", como las bibliotecas y las librerías, permanecieron cerrados y pasaron a un segundo plano, diezmando así a los miles de millones de lectores a los que todavía les agrada sentir el tacto de un libro en sus dedos. Como alternativa, se fomentó el uso de aplicaciones de lectura como un marca-páginas que ayudase al mundo a retomar el siguiente capítulo de sus vidas. Yo, como muchos, también tuve que sufrir el odioso confinamiento, por esta razón, y porque el Día de las Bibliotecas está a la vuelta de la esquina, en este artículo me gustaría señalar las que son para mí las cinco mejores plataformas para leer sin tener que salir de casa.


Amazon kindle


Esta aplicación del gigante Amazon se define para sus usuarios como "una biblioteca en el bolsillo", y realmente acierta. Es muy intuitiva, fácil de manejar y se puede adaptar al gusto de cada lector. Está disponible para cualquier dispositivo móvil y, además de poder leer libros, también dispone de diccionario, traductor y bloc de notas. Amazon kindle, al igual que otras plataformas, también recopila un listado con los 100 mejores eBooks del momento. Evidentemente, tiene tanto libros gratis como de pago, pero cuenta con ofertas cambiantes para que los lectores jóvenes puedan acceder a ellos más fácilmente.


Wattpad


Wattpad  es una especie de híbrido, pues se trata de una plataforma de lectura y una red social a la vez. En ella podrás conocer a millones de lectores con los que seguramente encuentres gustos literarios en común. Además, en Wattpad los lectores también pueden ser escritores y publicar sus historias sin coste alguno para que otros puedan leerlas. Por si esto fuera poco, la aplicación cuenta con el apoyo de grandes empresas audiovisuales como Sony y SYFY. Esto significa que, si tienen suerte, algunos autores podrían ver sus libros convertidos en una película o en una serie de televisión. Con esta suculenta idea, ¡a cualquier le gustaría publicar sus libros ahí!


Elejandria


Elejandría, más que una aplicación, es una página web en la que se pueden descargar ilimitada y gratuitamente cientos de libros en dominio público. En ella sólo se pueden encontrar clásicos de todos lo grandes autores y autoras que puedas imaginar, y ciertamente por ello no es un proyecto que vaya a entusiasmar mucho a los lectores jóvenes y de fanfics. Sin embargo, lo considero una idea tan buena para los que nos consideramos "buscadores frustrados" de clásicos en la red que no podía faltar en mi listado.


Google Play Books


Quizás en esta frase me pueda más el sentimiento que la objetividad, pero he de decir que Google Books es para mí la mejor plataforma para leer libros de cualquier género gratis y de pago. Su aplicación es la más sencilla de manejar y su interfaz la podría entender hasta un recién nacido. Tiene diccionario, traductor, bloc de notas y multitud de herramientas que hacen la lectura más cómoda, además de que puedes construir tu biblioteca y en ella organizar los libros que adquieres a tu gusto. Asimismo, Google Play Books no sólo está dirigido a lectores. También puedes publicar tus propios eBooks, promocionarlos y convertirte en un "autor freelance" tan guay como yo. ¿No es genial?


Librotecstar


Para terminar el ranking de las cinco mejores plataformas para leer libros me gustaría hablar de Librotecstar. Más que un análisis, es un triste homenaje. Esta fue la primera aplicación que tuve para leer libros, por aquellos tiempos cuando la Play Store todavía se llamaba Google Play. Yo no tendría ni la mayoría de edad cuando descubrí Librotecstar buscando libros gratis en mi teléfono. Desgraciadamente, esta aplicación dejó de estar disponible hace mucho tiempo. Lo único que nos queda de ella es su blog, congelado en abril de 2013 con una entrada sobre El Baladro del sabio Merlín con sus profecías aunque después de todo no hubo magia alguna que lograse su resurrección.
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✒ Dormir en una kommunalka

Sofa en kommunalka

Dormir en una kommunalka

    Ayer, después de insistir varias veces, por fin me pusieron la primera dosis de Pfizer. Salvo por el incómodo dolor en el brazo, que lo sentía como si un orangután hubiera estado dándome puñetazos en el pinchazo, no lo he pasado tan mal. Ni siquiera sufrí durante la noche. De hecho, hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Me esperaba no poder pegar ojo, con dolores por todo el cuerpo, fiebre e insomnio como le había pasado a la mayoría de los que conozco. Dicen que lo fuerte viene después de la segunda dosis. Si es así, entonces habrá que esperar para verlo...

Anoche me fui a la cama confiando en que no podría dormir, así que me puse a ojear algunas fotos de cuando me mudé a Rusia por primera vez. En mí despertaron algunos sentimientos en un orden extraño; primero nostalgia, luego rabia, más tarde satisfacción... De todo un poco. Fui pasando las fotos con el dedo hasta que me detuve en una bastante peculiar. Era la foto de un viejo sofá de color verde, cochambroso y lleno de polvo. Al principio, con el cansancio y las horas que eran no lo pude identificar bien. "Será el sofá de mi abuela", pensé. No podía ser el sofá de mi abuela, en Rusia no.

Aquel sofá viejo y sucio fue mi cama, una cama diferente, impregnada de sueños y esperanzas (y algo más), en la que dormí durante seis largos meses en Rusia. Aquel singular sofá se encontraba en el callejón Vilensky de San Petersburgo, en el número 8 creo recordar, la kommunalka en la que me hospedé con mucha ilusión e inocencia hasta que logré mudarme a otro lugar más decente.

Una kommunalka, para los que no lo sepan, es como un piso patera de la Unión Soviética. Basta con imaginar un piso viejo y destartalado de cuatro habitaciones distribuidas en un largo pasillo. Cada habitación tenía su propio contador de luz sobre la puerta. Por supuesto, había zonas comunes, como el pasillo, el baño y la cocina, no muy grandes. El baño estaba partido, es decir, la ducha y el váter se encontraban en cuartos diferentes. Sinceramente, para un españolito europeo como yo, que iba de primeras a la aventura rusa, fue algo bastante impresionante a lo que traté de acostumbrarme.

Las habitaciones no eran suites de lujo, ni mucho menos. Disponían de lo básico para "sobrevivir"; una cama, un armario y poco más. La mía, en cambio, no tenía ni eso. Tan sólo contaba con un aparador gigante con muchos platos y copas, una mesa enorme de roble macizo que ocupaba media habitación, una gran alfombra en el suelo y aquel ridículo sofá rompe-espaldas. Parecía más un salón que un dormitorio, y eso es lo que sería en el pasado al fin y al cabo.

En mi kommunalka había cuatro habitaciones, o lo que es lo mismo, cuatro familias con las que tenía que convivir. Lo peor es que yo no tenía ni idea de ruso, lo que hacía más difícil la convivencia con el resto. El primer día allí conocí a una joven rusa muy maja, vivía en la habitación contigua a la mía y creo que se llamaba Nastya (Anastasia). Apenas la veía por allí, pero por suerte era la única que sabía hablar inglés y fue ella la que me explicó cómo funcionaba todo. También conocí a una abuelita encantadora que vivía en la habitación del fondo del pasillo, junto al baño. La experiencia habría sido fantástica si no hubiera conocido a Aleksei...

Aleksei era un ucraniano loco y racista de casi sesenta años. Vivía con su mujer y su hijo, y lo peor de todo, era instructor de boxeo. Si no hacías lo que te decía, se ponía en guardia y te retaba a una pelea agitando los puños delante de tu cara. Para colmo, el tío era un supuesto maniático de la limpieza, y digo "supuesto" porque parecía que vivían tan a gusto como los cerdos.

El primer día, sin conocerlo ni haber vivido allí todavía, Aleksei me ordenó que les limpiase todo el piso. Por supuesto que me negué. Allí había roña de haber estado tres años sin pasar la escoba. Para que os hagáis una idea, el pasillo estaba lleno de trastos; bicicletas tiradas, zapatos desperdigados, una nevera que no funcionaba en un rincón y dos pilas de neumáticos que a saber para qué las querrían. Obviamente, a raíz de haberme negado las cosas no mejoraron, pero esa es otra historia.

En este artículo quiero hablar de lo incómodo que era dormir en aquel sofá. Para empezar, era demasiado pequeño para mí. Apenas medía un metro y medio. Es cierto que se podía plegar a modo de cama y que así aumentaba su tamaño, pero el uso continuado y el paso del tiempo habían apelmazado la esponja, que ya no podía proteger la espalda de los duros cantos de la estructura de madera. De modo que lo único que podía hacer para evitar la lumbalgia era encogerme y dormir como un feto.

Así aguanté dos meses hasta que decidí acercarme al Ikea para comprar una cama en condiciones. Como el sueldo no me daba ni para la más pequeña, opté por comprar una hinchable. Llegué a casa con una sonrisa de oreja a oreja con mi cama hinchable, como quien se compra un coche nuevo o se va a casar al día siguiente. Abrí la caja. Para mi disgusto, no venía con hinchador. No era un problema. Estaba tan eufórico que podía ser capaz de usar mis pulmones durante un buen rato. Al cabo de unos minutos, terminé de color rojo y medio muerto en el suelo. Pero había merecido la pena; la cama estaba lista.

Recuerdo que aquel día quería que pasase deprisa. Quería terminar rápido en el trabajo para llegar cuanto antes a casa y probar mi nueva cama. Era muy cómoda y aguantaba muy bien mi peso. Además de que era ligera, la podía apartar cuando quería más espacio en la habitación. Al puñetero sofá ya no quería ni verlo. Le deseaba lo peor; que lo tirasen al contenedor de la basura, que lo quemasen e incluso que nunca lo hubieran fabricado. Ya me las podía apañar sin él. Dormí como un rey en mi nueva cama durante una semana. Los buenos tiempos siempre terminan rápido, vaya. Una noche, sin previo aviso, la cama hinchable decidió que había disfrutado bastante.

Tengo un problema y es que por las noches soy muy inquieto. No puedo dormir del tirón en una sola posición, sino que tengo que ir cambiando para poder conciliar el sueño. Así lo hacía siempre que podía. Obviamente, en el sofá no podía hacerlo porque me caía. Nunca logré descansar bien, por eso lo de comprarme una cama. ¡Y qué lástima de cama! Me costó alrededor de dos mil rublos. ¡Y qué lástima de dos mil rublos! 

Una noche me moví demasiado, y aunque la cama estaba colocada sobre la alfombra, con algún objeto punzante rozaría porque, de repente, a eso de las tres de la madrugada, fui notando como si la cama fuera descendiendo poco a poco, y yo me sentía como si me fuera empequeñeciendo. Abrí los ojos de sopetón. Me desvelé. El techo se estaba alejando y yo empezaba a notar la dureza de la alfombra en mi cocorota. La cama se estaba deshinchando... No pude hacer nada. Con mucha impotencia dejé que el destino me engullera poco a poco hasta que la cama tocase el suelo con su último aliento. 

Me levante en medio de la noche sin saber qué hacer. Una cosa estaba clara, tenía que mudarme de allí cuanto antes. Miré el reloj, eran casi las cuatro y al día siguiente tenía un intensivo de A2. Tenía que dormir. Me volví hacia mi viejo amigo, hacia el pequeño y cochambroso sofá de color verde. Lo miré con resignación. Él me miró a mí. Me dio la sensación de que quería recibirme con sus brazos abiertos. Yo estiré los míos. Hice crujir mi espalda para que el golpe no fuera demasiado duro. Me senté sobre el sofá, adopté mi acostumbrada posición fetal y traté de dormir unos meses más.
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✒ Se bebió mi sangre sin darse cuenta

Se bebió mi sangre sin darse cuenta

    Si mal no recuerdo, la siguiente historia sucedería por el año 2009. Entonces yo cursaba cuarto de la secundaria, por lo que no tendría más de dieciséis años. Por entonces tenía más granos en la cara, pero eso sí, estaba más delgado, tenía menos barba y lucía una melena que me llegaba hasta los hombros. No en vano en clase me llamaban Enrique "el melenas", un mote que nunca terminó de gustarme. Para colmo, los más pícaros añadían la coletilla "el terror de las nenas", no sé si por la rima en sí o porque efectivamente todas las chicas del instituto intentaban evitarme al considerarme un "rarito".

Como buen "rarito", yo sólo me juntaba con otros raritos, y tal vez así logré ganarme el desafecto de los compañeros más problemáticos de clase. En aquella época, a los bichos raros se les trataba mal. Nunca podíamos formar parte de los "populares". A menudo se nos insultaba, se nos hacía la vida más dura por los pasillos del instituto, por lo menos más que ahora. Eran otros tiempos. En la actualidad, los frikis de mi época están llorando de rabia porque se ve, o al menos esa es mi sensación, que ya hay más tolerancia y respeto hacia los raritos tanto dentro como fuera de la escuela. Es más, el frikismo se ha convertido en una especie de profesión, un rol a seguir, el escalón más alto de la popularidad. Si eres gordo, feo y te gustan los videojuegos y el anime, tienes más cabida en la alfombra roja que un chaval al que llamaban "el melenas" en 2009.

Pero esta no es la historia. Como bien he dicho, por aquel entonces los raritos no éramos los preferidos de nadie, ni siquiera de los matones. Yo conocí a varios, unos más brutos que otros, pero esta anécdota trata sobre uno de ellos en concreto. Realmente no recuerdo bien su nombre. ¿Cómo se llamaba? ¿Carlos? ¿Cristian? De una cosa estoy seguro, y es que su nombre empezaba por la letra "C", de modo que de ahora en adelante me referiré a él como "C...".

C... no era el más malo de los malos que podía conocer, en absoluto. Era un chico de mi clase, alto, de pelo corto y negro y un poco corpulento. Sus brazos no eran muy musculosos, pero algo se le notaba. Algún resultado debía darle lo de haberse apuntado al gimnasio desde los catorce años, algo de lo que estaba muy orgulloso porque a menudo nos lo recordaba a toda la clase entre grititos y posturitas. Los chicos apenas le hacíamos caso, pero eso a él no le importaba. Lo único que quería era la atención de la mayoría de las chicas, que irremediablemente la tenía le pese a quien le pese.

Por otro lado, el muchacho no es que fuera muy espabilado, la verdad. Se hacía valorar a su manera, o sea, con la fuerza bruta. A veces, mediante amenazas y aspavientos, nos pedía amablemente cachos de nuestros bocadillos a mí y a unos cuantos desgraciados más. Como el mío no le gustaba, terminó aborreciéndolo. Un día, de súbito, dejó de robarme el almuerzo. Nunca le estaré tan agradecido al bocadillo de atún con olivas.

C.. no era muy malo, pero a una legua se veía que le encantaba sentirse el macho dominante. Al darse cuenta de que apenas podía abusar de los normales de clase por tener el cerebro del tamaño de medio guisante, pues trataba de sofocar sus emociones con los frikis de turno. A mí, por suerte, nunca me dio billete gratuito a una de sus zurras. Algún golpecito me daría, no me acuerdo bien, pero de eso a una paliza había un paso. Supongo que nunca me reventó la cara porque nunca le puse barreras a sus caprichos. Cuando me pedía una cosa, se la daba sin preguntar ni rechistar. Al principio lo hacía por miedo, pero acabé por tomarlo como una especie de ofrenda a los dioses. El resto del día me iría bien. Además, ¿para qué cambiar las buenas costumbres? Sin embargo, un día pasó algo...

Habíamos terminado la clase de gimnasia y, como era la última clase del día y tuve la suerte de encontrarme un euro en el bolsillo, me fui directo a la cantina para comprarme una Coca Cola. Mientras esperaba a que sonase la sirena, abrí la lata y le di varios sorbos para refrescarme. No había nada como una subida de azúcar después mover las lorzas que ya empezaban a asomarse. Deslicé la lengua por toda mi boca tratando de encontrar el gusto a cada gota y a cada burbuja del refresco. Tomé unos cuantos tragos más, no conseguía identificar el característico sabor de la Coca Cola por ningún lado. Algo andaba mal...

Cuando pasé por el recibidor, me topé con C..., que salía de la sala de gimnasia con la mochila al hombro y la cara sudando como una catarata. Al verme con el refresco recién abierto en la mano, no se lo pensó dos veces. Gritó "¡Qué bebes, Enrique!", se me acercó de un par de zancadas, me arrancó la lata de las manos y se la tragó entera. Ni siquiera dijo por favor ni gracias, y tampoco le importó que yo ya me hubiera bebido casi la mitad. Cuando terminó, me la tiró encima y algunas gotas me salpicaron en los ojos. Su cara no parecía de satisfacción. "¡Puajj, qué mierda es esta!", exclamó con el ceño fruncido, e inmediatamente se fue sin que pudiera decirle nada.

Yo tampoco entendí el peculiar sabor de aquella Coca Cola. Sabía como a metal oxidado. ¿Estaba caducada? De camino a casa miré y remiré el envase, pero no parecía haber caducado. Luego busqué a ver si es que era una Coca Cola de esas con sabores extraños. No sé, una de vainilla, o de coco... Nada de nada. Ya en casa, tiré la lata a la basura y me relamí otra vez. Sorprendentemente, seguía notando el sabor en la lengua. Me metí el dedo en la boca, y al sacarlo me quedé alelado por lo que vi... Tenía el dedo cubierto de sangre, al parecer, sería de una llaga que reventaría al beberme el refresco. No me lo podía creer, C... se bebió mi sangre sin darse cuenta...
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🎓 Cómo ser profesor de español online

Cómo ser profesor de español online

    Ha pasado más de un año desde que comenzó la tragedia. La crisis "covidesca" nos puso a todos en jaque, tanto a los enfermos como a los sanos. Mucha gente, yo incluido, perdió su trabajo. En plena cuarentena, sólo pudieron sobrevivir las profesiones más esenciales, generalmente aquellas relacionadas con la sanidad y la alimentación. El resto tuvimos que reinventarnos para no acabar sumergidos en la depresión, y en la ruina. Algunos cambiaron a tiempo y les fue muy bien. Los que se quedaron un poco adormilados como yo sólo nos fue bien. Sin embargo, de todo se aprende, sobre todo cuando se trata de sobrevivir, y he de decir que este año he aprendido bastante.

En este artículo voy a explicar un poco lo que tiene que hacer un profesor de español para adaptarse a los nuevos tiempos, es decir, cómo ser profesor de español online. Sé que llego un poco tarde, pero es que yo también he tenido que aprender muchas cosas nuevas durante todo este año. Trasladar las clases presenciales al ámbito virtual no es tarea sencilla, y lleva su tiempo. Solamente ahora, que lo tengo prácticamente dominado, puedo compartir mi experiencia con los demás. Intentaré resumirlo en seis pasos...

PASO 1: BUSCA ESTUDIANTES

Este puede ser el paso que más paciencia requiere. Los estudiantes no caen de los árboles. No es fácil dar con ellos y, en la mayoría de los casos, serán ellos los que te encuentren. Por supuesto, nadie puede encontrarte si no te das a conocer, y para ello tienes que poner anuncios, muchos anuncios. La época de reclutamiento de estudiantes suele estar entre agosto y noviembre. En Internet puedes encontrar multitud de páginas y tablones en los que puedes publicitarte de forma gratuita. Superprof y tusclasesparticulares son algunas de ellas, pero hay más.

El anuncio con el que nos promocionemos debe ser auténtico, original y llamativo. Intenta no recurrir a lo típico de "Español para extranjeros" o "Clases de español lowcost". A la gente le gusta la humildad y la sencillez, no el marketing agresivo al que nos quieren acostumbrar. Intenta ser tú mismo, muestra tu mejor lado, cuenta algo de tu vida, la experiencia y la formación que tienes. Ábrete al estudiante, haz que te conozca sin conocerte. Sólo así te ganarás su simpatía y se ofrecerá a que le des clases.

PASO 2: HAZTE UN HORARIO

Esto siempre es muy importante. No podemos dedicarnos a la enseñanza si no sabemos organizarnos. Hay que planificar las clases, asignarlas en un horario u organizarlas en una agenda o en un calendario. Al principio habrá pocas clases que apuntar, pero con el tiempo los alumnos pedirán más y, si no nos planificamos bien, es muy posible que perdamos la cuenta de las clases que hemos tenido, o que la clase de un alumno coincida con la de otro y nos encontremos en un verdadero apuro.

Para organizar las clases, yo uso Google Calendar. Esta herramienta nos permite llevar un control de las clases que hemos tenido y las que vamos a tener. Para usarla simplemente se define un evento nuevo en un día determinado a una hora concreta. Así Google Calendar nos enviará un aviso antes de la clase.

Para titular el evento, yo suelo escribir el nombre del alumno y el número de la clase, por ejemplo. "María - Clase 9". En ese evento se pueden añadir descripciones, en las que yo normalmente anoto lo que se va a dar en la clase. También se pueden añadir materiales de Google Drive, e incluso asignar una videoconferencia de Meet.

Si no tienes Google Calendar, una simple agenda escolar te puede valer. Lo más importante es que apuntes el nombre del alumno, el número de la clase y lo que se va a estudiar. Si no lo hacemos, seguramente olvidemos cuántas clases hemos dado y nos hagamos un lío con las cuentas. También nos arriesgamos a que no recordemos lo que dimos en la clase anterior, lo repitamos en otra clase y el alumno se mosquee, se aburra o piense que está perdiendo el tiempo.

PASO 3: PREPARA BIEN LAS CLASES

Esto no tiene mucho sentido que lo explique. Cualquier profesor que se precie siempre se prepara el temario antes de una clase. A esto hay que dedicarle el tiempo suficiente, todo el que sea necesario si no queremos que la clase se convierta en un desastre. Si ya tienes experiencia preparando clases, te llevará un rato. Si eres nuevo en esto, puede que necesites un poco más de tiempo.

Entre preparar una clase presencial y una virtual hay algunas diferencias. Para impartir una clase por Internet no hay que imprimir ningún material, lo que nos ahorra tiempo (y papel, sea dicho de paso). Lógicamente, tener e-mail se hace absolutamente indispensable. Yo envío los materiales a mis alumnos por correo electrónico dos días antes de la clase. Los deberes los suelo enviar unas horas después de cada lección.

En cuanto a los materiales... Yo apuesto por no utilizar nada que venga de Internet. Si tienes algún manual de ELE, algo como Vente, Prisma o USO, siempre es mejor eso que sacar los materiales del blog "Spanish with Paquita", por ejemplo. No es por ser tiquismiquis, pero es evidente que los manuales de español están orientados a la enseñanza de español a los extranjeros, por eso son mi preferencia. Los materiales de Paquita no son malos. Sirven como apoyo, pero no para dar una clase en condiciones. 

Yo suelo escanear algunas páginas de prueba de un manual concreto, según el nivel, para las primeras sesiones. Si ese libro funciona bien, le digo al alumno que lo pida en alguna librería o por Internet. Si no quiere, siempre nos queda compartir la pantalla de nuestro ordenador para que pueda seguir la clase. No te preocupes. A la larga, lo acabará comprando. Mi última recomendación en este apartado es que, si tienes tiempo, empieces a pensar en crear tus propios materiales didácticos.

PASO 4: CONFIGURA TU EQUIPO

Obviamente, si queremos impartir o recibir una clase en línea, es importante tener un ordenador, una tableta o algo que nos permita enviar y recibir audio y vídeo. No es necesario tener un micrófono y una cámara con la mejor calidad del mundo, pero sí la suficiente para que nuestro estudiante no nos oiga como un robot y no nos vea como un cubo de Rubik. Con cinco megapixels creo que es suficiente. Lo siguiente no es obligatorio, pero sugiero que te hagas con unos auriculares que tengan micrófono integrado, pues recogen mejor el sonido y disimulan los ruidos de fondo (el perro del vecino o tu compañero de piso medio piripi).

Nuestra conexión a Internet también aporta calidad a la clase online. Hoy en día, se está extendiendo el uso de la fibra óptica, una opción infinitamente mejor que el ADSL. Si tienes la posibilidad de contratar fibra, hazlo. Si andas justo de dinero, con los datos 4G del móvil es suficiente. Sólo tienes que configurar el punto Wi-Fi de tu teléfono y conectarte a él con tu pc o tableta.

Para impartir las clases online, yo uso principalmente Meet o Zoom. Rara vez he usado WhatsApp o algo por el estilo, solamente si me lo ha pedido el alumno. Usar aplicaciones como esas me parece muy cutre y poco profesional. Meet y Zoom, en cambio, son dos plataformas profesionales que permiten realizar videoconferencias desde cualquier lugar, en cualquier momento y con quien sea. Además, ambas tienen la opción de compartir la pantalla tanto en pc como en tableta, lo que es ideal si usamos una pizarra electrónica. Para configurar una sesión con Meet, basta con añadir el correo electrónico del alumno al evento de Google Calendar. Zoom es algo más afanoso, pero a fin de cuentas viene siendo lo mismo. Simplemente hay que abrir la aplicación, establecer una reunión en una fecha y hora determinadas y enviar el link de dicha reunión al correo del alumno.

En las clases en línea podemos utilizar cualquier recursos audiovisual como si estuviéramos en una clase presencial, aunque con algunas limitaciones. Dependiendo de nuestra calidad de vídeo, velocidad de Internet y cantidad de RAM de nuestro equipo, el contenido audiovisual se podrá ver mejor o peor. Un simple vídeo de YouTube pude convertirse en una desesperación al estar consumiendo tantos datos como la videoconferencia. Lo mismo pasa con los juegos y las canciones. Yo uso algo tan simple como un editor de imágenes. Ahí pongo los manuales y alguna fotografía. Además, lo uso como una pizarra, lo que es bastante cómodo porque puedes combinar texto, fotografías y anotaciones en tiempo real. También se puede jugar a juegos de mesa en español. El resultado depende de la maña y el ingenio de cada uno. Yo es que soy bastante friki en eso...

PASO 5: COBRA LA CLASE... PERO NO TE PASES

Este es el paso más sencillo. Para las transferencias, basta con facilitar al estudiante el código IBAN y SWIFT de nuestra cuenta bancaria. Recomiendo enviar una especie de recordatorio al alumno con el resguardo de las clases que ha pagado, para que sepa por lo que ha pagado y cuánto. Esto se hace fácilmente con una hoja de Word; datos del estudiante, fecha de la clase, precio de la clase e IVA (normalmente, las clases de español no lo llevan). Esto luego nos ayudará a la hora de hacer la declaración. Para los alumnos que viven en el extranjero, utilizo PayPal, una plataforma "puente" con la que se puede recibir dinero sin comisiones (según desde qué país y en qué moneda). Si cobras en euros, no tendrás problemas. Si es en dólares o en rublos, puede que te resten cerca de un 15% por cambio de divisa.

El precio de cada clase ya depende de cada uno, pero no hay que excederse. En general, tenemos libertad para poner cualquier precio a nuestras clases, siempre que sea algo razonable y ajustado a lo que hemos ofrecido. Hay algunos profesores que diferencian entre clases teóricas y de conversación. Yo prefiero tener el mismo precio para ambas. 

Recomiendo no cobrar menos de 10€ por hora de clase. Los profesores más experimentados pueden permitirse el lujo de pedir más. Yo he llegado a ver clases de una hora por 45€, que no está mal. Como ya he dicho, el precio siempre debe establecerse acorde a "la calidad" de la clase y, por supuesto, del profesor. Eso sí, nunca hay que aprovecharse de la necesidad del estudiante. Lo digo porque en Internet he visto clases de conversación por 95€...

PASO 6: DECLARA TUS INGRESOS

Hacienda somo todos, lo habrás oído más de una vez. Sin impuestos, no tendríamos sanidad ni educación públicas. Las carreteras serían un desastre porque no habría dinero para mantenerlas y los parques se convertirían en auténticas junglas al no existir personal que los limpie y acondicione.

He de confesar que en materia de fiscalidad estoy algo pez porque me lo lleva un gestor. Reconozco que soy un negado en cuanto a impuestos y modelos de declaración. Sugiero hacer como yo, contratar los servicios de una gestoría y olvidarse del tema. Lo malo es que deberemos enviar nuestras facturas, cobros y gastos, cada cierto tiempo, y cada año tendremos que hacer la declaración de la renta. Aparte de eso, si el gestor es bueno (y honesto), todo será más fácil con su ayuda. Aunque parezca algo complicado y costoso, la verdad es que por no más de 50€ al mes lo podemos tener solucionado.

Hasta aquí llegan los seis pasos en los que he intentado resumir todo lo que hay que tener en cuenta para dedicarse a la enseñanza de español en línea. Cuanto antes se empiece, antes se aprende. Y ahora la cuestión... ¿Es viable? Bueno, pues yo te digo que depende. Actualmente, debido a la situación sanitaria, claro que es viable y hasta recomendable, pero... ¿Quién sabe si en unos meses todo esto termina y ya no es necesario? Ahí ya entran las expectativas de cada uno. 

Por mi parte, a pesar de que continúo impartiendo las clases en línea, no significa que sean el trabajo que más me apasiona. Las clases individuales por este medio pueden tener resultado positivo, pero algo que odio con toda mi alma son las clases online en grupo. En mi opinión, no hay mayor tomadura de pelo que eso. Es una pérdida de tiempo y de dinero para el estudiante, pero no entraré en detalles a estas alturas. Como ya he dicho, en una situación extraordinaria cualquier opción es válida para sobrevivir. No obstante, si me dieran a elegir entre las clases en línea o las clases presenciales en una academia, me decantaría por lo segundo. 

Echo de menos el contacto cara a cara, el dinamismo de una clase en la vida real, sin cámaras, sin micrófonos, sin cortes de conexión, en resumen, sin barreras de ningún tipo. No hay nada más sano que eso porque, a fin de cuentas, eso es la vida real, y no debería desaparecer. Algunos dicen que la pandemia ha supuesto un antes y un después en la enseñanza convencional. Dicen que las clases tal y como las conocíamos antes, en un aula, con una radio y una pizarra, han pasado a la historia. ¿Quién sabe? Quizás tengan razón... Yo pienso que, si perdemos eso, si nos desprendemos del contacto social en la educación, perderemos la vida.
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🎓 Los beneficios de una buena redacción

Escritorio Dostoievsky

Los beneficios de una buena redacción

    Aunque vivimos en un mundo casi totalmente informatizado, escribir no ha dejado de ser una actividad necesaria en el día a día. Escribimos en todo momento cualquier tipo de texto; ya sea tradicionalmente con un lápiz y un papel o digitalmente con un ordenador o un teléfono móvil. Para los profesionales que se dedican a la redacción, escribir se convierte en algo más que un dictado de escuela o un mensaje de texto a un amigo, entonces cabe plantearse si se está haciendo bien o se debería mejorar la técnica.

La RAE lo deja bien claro, "la escritura es el arte de escribir" y, como cualquier arte, no es fácil dominarlo. Escribir correctamente nos sirve muchas cosas incluso en pleno siglo XXI: para ingresar en universidades, para redactar tesis, reseñas o críticas, para tener más posibilidades de conseguir un empleo relacionado con la redacción, etc. En estos casos, Daniel Cassany (1995) explica que "escribir se convierte en una tarea tan ardua como construir una casa, llevar la contabilidad de una empresa o diseñar una coreografía."

Tampoco hay que olvidar que la escritura ha sido un elemento clave para cambiar la historia del mundo. Muchos de los textos que nos rigen hoy en día, por no decir la gran mayoría, están redactados por grandes intelectuales de su época. Este es otro de los motivos por los que realizar una buena redacción cobra importancia, sobre todo si lo que se pretende es influir en otras personas o en el curso de los acontecimientos. En este artículo me centraré en la redacción como un acto de comunicación profesional.
Para escribir sólo hay que tener algo que decir.
Camilo José Cela (1916-2002), escritor español.

La redacción es una capacidad únicamente humana que trata de la expresión de ideas, sentimientos o pensamientos de manera escrita, bien en formato físico o en digital. Es un acto comunicativo, pues existe un emisor que emite un mensaje (el que redacta el texto) y un receptor que lo recibe y lo decodifica para luego interpretar sus ideas (el que lo lee).

Parar lograr un buen resultado con nuestro escrito, hay que dominar las estrategias de la redacción; la claridad, la concisión y la sencillez, así como tener habilidades y actitudes que nos permitan expresarnos con claridad, con orden y corrección (Cassany, 1995). La clave está en escribir correctamente, y esto se consigue escribiendo mucho y teniendo presentes el buen gusto, el sentido común, la espontaneidad, los modelos de los buenos escritores y las normas gramaticales (Gomez, 2012).
Escribir es un oficio que se aprende escribiendo.
Simone de Beauvoir (1908-1986), novelista e intelectual francesa.

Asimismo, es importante respetar un orden lógico en el texto. Hector Gómez (2012) en su libro El arte de escribir correctamente, asegura que "para llegar directamente al lector y llamar la atención es necesario escribir en forma sencilla y clara, sin complicaciones y rodeos superfluos". Un texto desordenado, lleno de incoherencias, por no mencionar las faltas de ortografía, le restaría seriedad y credibilidad. Tenemos que pensar en quién nos va a leer o, como diría José Miró en su Manual de escritura técnica, "tener piedad del pobre lector". "No escribimos para entendernos nosotros mismos, sino para que otros nos entiendan" (Miró, 2005).

También es muy importante tener claro el tipo de lector al que nos dirigimos. No es lo mismo escribir para adolescentes que para profesores de universidad, así como no es lo mismo escribir bien que escribir correcto. "Al escribir un texto la forma y el contenido dependen estrechamente del auditorio a quien nos dirigimos, del contexto en que lo realizamos y del dominio sobre el tema que tengamos" (Aguilar, 2018), de modo que también cobra importancia planificar la redacción de acuerdo a nuestros objetivos.

¿Y eso es todo? No, faltaría dotar al texto de nuestro estilo particular. No existe una única manera de escribir. Cassany (1995) expone que "cada cual tiene que encontrar su estilo personal de composición" y que "existen tantas formas de escribir como escritores y escritoras", por lo que cada profesional es libre de añadirle su estilo propio a los textos que redacta para que puedan distinguirse del resto. Cuando nuestro texto reúna todas las características anteriores, lograremos tener el impacto deseado. Una buena redacción es imprescindible para obtener beneficios como despertar interés en el lector, engancharlo, informarle de algo o incluso convencerlo.

En resumidas cuentas los beneficios de una buena redacción sólo se pueden conseguir con mucha práctica, una buena planificación del texto, un buen dominio de la gramática y un orden claro para que pueda pueda resultar interesante e inteligible para el público que nos va a leer.
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🎓 Los juegos como actividad didáctica

    A menudo, los profesores de español nos enfrentamos a grupos de estudiantes en los que los métodos prácticos convencionales no terminan de funcionar. Hay estudiantes que reaccionan positivamente al practicar lo aprendido con un diálogo, un tema de conversación o incluso entonando una canción. En cambio, la reiteración de este tipo de técnicas puede provocar un aburrimiento contagioso, con la consecuente pérdida de atención.

Según un artículo publicado por la Universidad Internacional de Valencia (2016), la causa que favorece la distracción de un grupo de estudiantes "suele ser compleja, confluyendo factores sociales, de comportamiento colectivo e incluso familiares." Por otro lado, una investigación realizada por la Universidad de Veracruz sostiene que "la motivación es un factor decisivo en el proceso de enseñanza y el profesor debe propiciarla para dar razón de ser a las clases", (López Aguilar, 2010). De este modo, lograr una mayor atención no es sólo labor del estudiante, sino de un profesor preparado que sepa dotar sus lecciones de actividades dinámicas y motivacionales.
La actividad creativa es un tipo de proceso de aprendizaje en el que el profesor y el alumno se hallan en el mismo individuo.”  
Arthur Koestler (1905-1983), escritor británico de origen húngaro.

El diseño de actividades y programas visuales y auditivos que puedan fortalecer los niveles atencionales es una estrategia importante en la activación de los procesos cognitivos implicados en el aprendizaje (Marcela Ojeda 2014), lo que influye en la atención de los estudiantes y, por lo tanto, en el aprendizaje de idiomas extranjeros.

Desde mi experiencia, puedo asegurar que los juegos en clase suelen surtir efecto a la hora de motivar a los alumnos para seguir estudiando un idioma. Así pues, un estudio publicado en una revista digital para profesionales de la enseñanza (2010) coloca la acción de realizar juegos como uno de los cuatro métodos que impiden la pérdida de atención de los estudiantes en clase, pues "son de vital importancia para mantener activo al estudiante e inmerso en el aprendizaje lo que evita el aburrimiento y propicia un ambiente social y afectivo adecuado en el aula", (López Aguilar, 2010).

Para la enseñanza del español como lengua extranjera existen multitud de actividades lúdicas que se pueden combinar con la mayoría de los temas de gramática. Por ejemplo, un juego que acostumbro a usar con mis estudiantes para practicar las formas verbales es el clásico de hundir la flota en el que lanzar las bombas consiste en conjugar los verbos dados. Otro muy bueno es el "quién es quién", con el que se puede practicar de manera divertida las descripciones y así hacer la clase más amena que si se hubiese instado al alumno a describir la imagen de un actor sacada de Internet.

No solamente los juegos convencionales sirven para enseñar idiomas. En el ámbito educativo también "cobra especial importancia el uso de las TIC en los procesos educativos; por lo que las instituciones educativas deben apostar en la innovación educativa" (Bernal Pico, 2017). Es así como en la red encontré varias actividades interactivas para participar toda la clase, como el popular juego kahoot, que trata de responder a preguntas personalizables y relacionadas con un tema determinado. 
“El maestro que intenta enseñar sin inspirar en el alumno el deseo de aprender está tratando de forjar un hierro frío.” 
Horace Mann (1796-1859), educador estadounidense.

Como se puede ver, hay muchas opciones para acotar las clases y que los alumnos no se cansen, pero de nada sirven sin la voluntad docente para ponerlas en práctica. López Aguilar (2010): "fomentar la participación activa y la interacción entre los estudiantes permite que estos dejen de ser receptores pasivos de los contenidos y no se aburran." Asimismo, podemos concluir que el empleo de los juegos en clase como práctica de los conocimientos teóricos fomenta el aprendizaje de idiomas dada su capacidad de sostener la atención del estudiante, que participa de forma activa, evitando así las distracciones y la pérdida de interés.
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✒ Nieve, piano y donuts

    Noviembre de 2018, para mí fue un año muy frío, para otros había sido el menos nevado. Me disponía a hacer las maletas para irme. El gato no estaba muy contento con la idea. Tenía que salir del país cuanto antes, aunque en el fondo me sentía como si me hubieran desterrado. El visado me caducaba en unos días.

Era la primera vez que iba a cruzar una frontera real en autobús. Siempre me había imaginado que las fronteras eran lugares muy serios que sólo se podían cruzar en tren, o en barco, o en avión. Allí estábamos nosotros, unos treinta y tantos rusos y yo, un español perdido, bajando del vehículo en las puertas de Narva, a unos veinte grados bajo cero y con las rodillas entumecidas del viaje.

La imagen de la frontera rusa con Estonia era decepcionante, casi rozando lo ridículo. Recuerdo que la funcionaria, una mujer estonia grandota de edad media y mirada antipática, no me dejaba volver a Europa a pesar de haberle mostrado mi pasaporte. Gracias a Dios, llamó a su colega, un chico joven y con apariencia más abierto que ella. Después de intercambiar unas palabras con él, y con la suerte de que llevaba mi DNI encima, el chico hizo un gesto afable a la señora que interpreté como que todo estaba bien y que podían dejarme pasar. 

La entrada a Europa consistía en dos puertas de color beige, una a cada lado de la oficina acristalada en la que me habían recibido. A mí me indicaron la puerta derecha. No sé si eso tendría algún significado, lo único que tengo claro es que me sentí todavía más perdido cuando la crucé. Delante de mí había una especie de laberinto blanco construido con paredes postizas de esas de cartón. Como no había nadie alrededor para indicarme el camino, seguí el laberinto hasta que tuve la oportunidad de girar a la izquierda o a la derecha. Elegí la izquierda porque era el lado en el que más cerca veía la puerta de salida. Ya podía oír el autobús arrancando. Sin embargo, algo me impidió seguir adelante. Detrás de mí, sonó un chistido que me decía que por ahí no podía continuar.

Otra señora estonia del mismo peso que la anterior me estaba esperando al otro extremo de la sala. Me hizo indicaciones de que debía seguirla, y evidentemente la seguí. Me llevó hasta un lugar donde había unas mesas de color blanco. Me preguntó qué llevaba en la maleta. "Ropa y desodorante", le dije. Pero no se fió de mí y me ordenó abrirla para demostrarlo. Como había pasado por una mala racha, en ese momento no llevaba mi inseparable fajo de billetes de quinientos euros (sarcasmo). En fin, la funcionaria no vio nada sospechoso y me permitió seguir mi camino. No fue esa suerte, sin embargo, la de un abuelo ruso al que un perro adiestrado pilló con una cajita de pastillas, se ve que ilegales en Estonia, dentro de la maleta. Pero esa es otra historia.

Pasar la frontera rusa solo era el principio. También había que pasar la europea. Calculo que bajamos y subimos del autobús unas tres veces. El viaje desde una esquina de Estonia hasta la capital letona todavía no había terminado. Tuve suerte de que el autobús contara con calefacción, una máquina de café, una televisión y un baño. Unas horas más y llegamos a la estación de autobuses de Riga, aunque no por ello me encontraba más desahogado. La calle estaba helada y oscura. Para colmo, el hostal donde debía alojarme estaba cerrado y tuve que pasar el resto de la noche dentro de la estación, intentando no mirar directamente a los ojos de los vagabundos que también iban huyendo del oscuro y frío invierno báltico. La noche me pareció eterna. Cuando por fin amaneció, me dirigí al hostal desando poder echarme un rato sobre una mullida y calentita cama. Yo no soy de los que consiguen conciliar el sueño con el ruido de un motor de fondo.

El recepcionista del hostal casi me cerró la puerta al verme aparecer con las pintas de un desamparado y unas ojeras que me llegaban hasta los tobillos. El hostal no estaba mal. Para su precio, me esperaba que el baño tuviera moho en las paredes o algo así. Me alivió ver que la cama tampoco tenía rastros de sangre. El lugar, en general, estaba bastante destartalado. Olía a viejo húmedo por todas partes, seguramente de que la gente entrara y saliera con las botas llenas de barro. Una de las cosas buenas que tenía era una máquina de café en el pasillo. El café no estaba muy bien pero hacía un chocolate buenísimo. Por suerte, en la planta baja del edificio había un McCafé que tenía que cruzar cada vez que quería entrar al hostal. Tuve que adaptarme al horario del establecimiento, pero no me importaba porque las últimas horas del día las pasaba comiendo alguna mierda.

Mi habitación era bastante pequeña, no creo que tuviera más de diez metros cuadrados. Dos camas individuales estaban empotradas a lo largo del habitáculo, un perchero roto, un espejo sucio y una mesita con una forma muy rara las acompañaban. También había una ventana muy grande, de esas del norte que llegan casi al techo, que daba a unas vistas no muy bonitas de un centro comercial. Las paredes eran de cartón, por lo que se podía oír hasta las respiraciones del vecino de al lado. De los ronquidos mejor ni hablamos. La habitación estaba bien, para qué engañarnos. Al menos tenía una ventana, y hasta con cortina rosa y todo.

Mi estancia en Riga se me hizo bastante larga, pero encontré los ánimos suficientes para visitar el casco antiguo. Me sorprendió mucho que un lugar tan gris desprendiera tanta belleza. Sinceramente, no conozco una ciudad española con un nivel similar de conservación del patrimonio histórico. Ni una pintada de spray en las paredes, ni un botellín de cerveza tirado en la calle... Todo estaba tan impecable como en Rusia, algo que no puedo decir de mi patria. Supongo que es una cuestión de respeto, el que los rusos y letones tienen hacia su historia, una cosa que a nosotros, los españoles, nos cuesta tanto comprender.

Tenía claro que me iba a quedar en Riga una temporadita, de modo que decidí buscar algún quehacer. Una tarde encontré una peculiar cafetería cerca de la central de visados y del barrio modernista. He de admitir que fue de los mejores descubrimientos que hice. También encontré de casualidad la sede de la plataforma ask.fm, lo que despertó en mí algunos buenos recuerdos de mi adolescencia.

La cafetería no era muy popular. Se llamaba algo así como zdonuts. Ahora mismo no lo recuerdo bien. Supuse que su título venía de que, además de una cafetería, también era una tienda de donuts. Tenían de todos los sabores y colores, rellenos y sin rellenar. A mí me gustaba mucho el de coco y el de chocolate (por supuesto). Costaban alrededor de 0,80€ la unidad. No era nada si tenemos en cuenta que los ponían en una cestita la mar de mona. A menudo iba allí para sentarme en una de las mesas de madera a pensar en mis cosas y a mirar la nieve por la ventana mientras me tomaba un café. Pero lo que más me gustaba del lugar no eran sus donuts, ni sus vistas a la calle nevada. Lo que hizo que me enamorara definitivamente de Riga es que allí, como en San Petersburgo, las cafeterías están decoradas en el estilo del siglo XIX, lo que innegablemente significa que tendrán un piano de pared encajonado en un rincón.

Así pues, fue mi rutina diaria despertarme temprano para ir a tocar el piano en aquella acogedora cafetería riguesa. Entonces sentía cómo mis preocupaciones se desvanecían flotando entre las notas o disolviéndose como el azúcar en el café. Ni la nieve, que se iba acumulando en la calle, me impedía ir cada día a mi santuario. Allí también aplaudían mis torpes conciertuchos, algo que ayudó a que empezaran a tratarme como a un cliente habitual. Gracia a eso, en una ocasión me invitaron a un donut de fresa.

Los últimos días en el hostal fueron un poco incómodos. Yo no tenía muy buen aspecto que digamos. Me había crecido mucho la barba y tenía el pelo como un estropajo. Por eso decidí no aparecer más por la cafetería, no fuera que diera náuseas a los clientes y vomitaran todos los donuts al dueño. Ya no estaba para más trotes. Además, mi pijama olía a rayos, y mi cama también. Al parecer no lavaban las habitaciones si el huésped no se había marchado, o esa fue mi impresión. A mi habitación no había entrado nadie a limpiar desde hacía casi un mes. A las contiguas puedo suponer que sí porque cada noche escuchaba una pareja nueva. De no ser porque no me quedaba más dinero, me habría cambiado de alojamiento al primer orgasmo. ¿He dicho ya que las paredes eran de cartón? Pues eso, que aguanté hasta el último día. Cuando fui a hacer el check out, al recepcionista se le pusieron los ojos como platos buscando mi nombre en su libro de registros. Supongo que no dio crédito al ver que había sobrevivido tanto tiempo en su casa.

¡Qué buenos recuerdos aquellos de hace dos años! Entonces no me preocupaban mis pantalones sudados ni mis piernas pegajosas. Vivía como un desamparado sin echar en falta la libertad. Puede que ésta no fuera una gran historia llena aventuras por el bosque, romances bajo la lluvia o descubrimientos sorprendentes, sin embargo, tiene todos los elementos que, en mi opinión, tiene toda buena experiencia: nieve, piano y donuts.
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🎓 El arte ayuda a aprender idiomas

    El diccionario de la RAE define el arte como "la manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros." Para los profesores de español como lengua extranjera, en cambio, es algo mucho más que eso.

Se tiene asimilada la idea de que cada cosa va por su lado, es decir, que para ser artista es necesario usar en mayor medida una parte del cerebro y para ser filólogo la otra. Según un artículo en la revista Arte, Individuo y Sociedad de Manuel Hernández (1990), al hemisferio derecho se le suele atribuir la creatividad y la imaginación mientras que el izquierdo es el encargado de procesar el lenguaje y la lógica. Para otros expertos, la idea de que usamos un lado diferente del cerebro para el arte y el lenguaje se ha quedado obsoleta (Julio Romero, 1996). Yo soy de los que piensan que el arte nos puede enseñar muchas cosas, y entre ellas está aprender otros idiomas.
Si el mundo fuera claro, el arte no existiría.
Albert Camus (1913-1960) Escritor francés.

De acuerdo con los estudios de Claude Lévi-Strauss (1993), los hombres hablan miles de lenguas ininteligibles, pero se las puede traducir porque todas poseen un vocabulario que remite a una "experiencia universal." Esta experiencia no puede ser, ni más ni menos, que la que se percibe a través de los cinco sentidos y que posteriormente se codifica en sonidos, palabras, sílabas y letras. 

No es nada nuevo que un profesor de español use alguna canción de Juanes en una de sus clases para enseñar el subjuntivo. Eso de rellenar huecos al tiempo que se escucha la canción es un clásico. Según Strauss, "la música, al no significar, proviene toda ella por entero de la sensación." El uso de la música genera sensaciones estimulantes en el estudiante que muchas veces lo ayudan a asimilar conceptos como vocabulario o formas gramaticales complejas. En muchos casos, ese estímulo que genera el cuarto arte se debe a su capacidad motivadora.

Por otro lado, los pintores están constantemente observando su entorno. Absorben todo lo que ven. Cuando no encuentran lo que buscan, van mucho más allá de sus límites. Fue Van Gogh uno de los que huyeron de la grisácea Holanda para plasmar en sus lienzos esos colores del sur de Francia que tanta falta le hacían. "El artista es una persona de gran intuición, rica en acciones experimentales, sensaciones, sentimientos, vivencias y afectividades" (Manuel Sánchez, 1996). Dado que el arte es desarrollado principalmente por la motivación del artista y que todos poseemos un hemisferio capaz de crear arte, no sería nada descabellado afirmar el arte es capaz de motivar a un estudiante para que aprenda idiomas.

La motivación constituye un aspecto primordial en la enseñanza, ya que es la encargada de hacer que un estudiante haga o no determinadas tareas. A menudo utilizo el "Guernica" de Picasso para que mis alumnos de A1, que en su mayoría son niños, busquen e identifiquen en español cada animal que ven representado en la obra. Muchos estarán de acuerdo conmigo en lo difícil que resulta despertar el interés en los niños a clase de español. Es en estos casos cuando verdaderamente la motivación depende del profesor. Melina Furman asegura en el XI Foro Latinoamericano de Educación que "es importante que los alumnos participen en prácticas auténticas como la indagación y el diseño, con el docente como guía en esas exploraciones, haciendo necesario visibilizar el pensamiento."
“El arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres.”
Leon Tolstoi (1828-1910) Escritor ruso.

Según la experta en Educación Primaria y Secundaria, Mónica Ramos Ferre, "la motivación afecta directamente al rendimiento académico, dado que mantiene una actitud intensa y sostenida durante el aprendizaje." Si un alumno no muestra interés por la tarea, no conseguirá llevarla a cabo. Existe relación entre el nivel de motivación con la capacidad de rendimiento. "Cuando un sujeto se siente autocompetente, su implicación activa en el proceso de aprendizaje aumenta; y sabrá apreciar las tareas y los objetivos de aprendizaje" (Mónica Ramos, 2014).

En conclusión, emplear actividades artísticas en clase, como la muestra de un cuadro de Picaso o la escucha de una canción de Juanes, produce sensaciones positivas que estimulan y motivan a los estudiantes para llevar a cabo las tareas y, en el caso de los estudiantes de español, aprender el idioma con mayor facilidad que con una lección convencional.
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🎓 El error de interrumpir a un estudiante de idiomas

    Cuando uno de mis alumnos extranjeros, ya con la capacidad mínima para formar una frase, comienza a explicarme su vida en español, se me saltan las lágrimas. Que mis conocimientos hayan servido para enseñarle a otra persona a hablar mi idioma es para mí uno de los mayores placeres de la vida. Y más cuando esa persona empieza a contarte curiosidades de su país, su cultura y sus costumbres.

Hay que tener paciencia para escuchar hablar a un extranjero. Si careces de ellas, puedes ir olvidándote de dedicarte a la enseñanza de idiomas. Los primeros exámenes orales pueden parecer un hastío para el profesor sin experiencia; largas pausas, balbuceos incontrolables y un intercambio de miradas camaleónicas para quitarle importancia al asunto. Los cinco minutos de una exposición pueden convertirse en veinte. Entonces un profesor harto de quedarse callado, no puede resistirse a corregir cada error que cometa el estudiante, solo para matar el rato, para no quedarse embobado como un pasmarote. Dependiendo del lugar en el mundo en el que estemos, esas interrupciones se pueden tomar más o menos mal. 

Interrumpir a un estudiante de español es, a mi parecer, un hachazo a su motivación y autoestima. Poniéndome en su lugar, si alguien me interrumpiera en medio de una clase para decirme que hablo mal, aunque tuviera razón, pensaría que soy un patoso de cuidado y me encerraría en una cueva para siempre. Esto es una cosa que afecta sobre todo a los jóvenes. Alonso Tapia, Atkinson, Weiner, Dweck y Elliot y Kuhlt sostienen que la desmotivación juvenil es debida a "la elevada experiencia del fracaso" lo que causa que resten "valor" a lo que están estudiando. Dweck y Elliot (1983) consideran que las metas de ejecución se enfocan en la búsqueda continua del éxito y de juicios positivos por otros. Si el profesor está continuamente interrumpiendo al alumno por sus errores, "provocará que el fracaso afecte de forma sumamente negativa al estudiante."
“La educación está reprimiendo los talentos y habilidades de muchos estudiantes y está matando su motivación para aprender.” 
Ken Robinson (1950-2020), escritor inglés.
Asimismo, en el caso en que el estudiante perciba su tarea de forma negativa, es decir, si colaboramos para que el estudiante sienta que está haciendo mal o ha hecho mal los deberes, lo estaríamos sentenciando a seguir una "tendencia de evitación" (Valle y cols., 2007). Los estudiantes terminan motivados negativamente, diezmando sus metas para evitar el fracaso y los juicios negativos de los demás. Esto daría lugar a una baja autoestima.

Inmaculada Junco Herrera enumera varias fuentes de motivación fundamentales para el estudiante, como "el contexto externo a la actividad del alumnado, en el que se incluyen como esenciales las actuaciones del docente y la influencia de los compañeros." Si estamos corrigiendo constantemente a un estudiante puede provocar un efecto contraproducente y llevarlo a que cometa más errores o el mismo error más veces, lo que le generará una baja autoestima. 
“Pienso que el gran error en las escuelas es tratar de enseñar a los niños usando el miedo como motivación. 
Stanley Kubrick (1928-1999), director de cine estadounidense. 
Para evitar esto, Antonio Valle Arias plantea una serie de actuaciones beneficiosas para la autoestima del alumno como "fomentar su confianza, la participación y la autonomía" y "centrarse más en el proceso y no tanto en tanto en el resultado." Asimismo, Valle Arias destaca que "creerse y sentirse capaz" son factores importantes para generar un sentimiento de realización positivo. Por otro lado, Inmaculada Junco Herrera afirma que "los docentes deben ayudar a los alumnos a ser ellos mismos", por eso es importante proporcionarles un método y un conocimiento para que puedan descubrir sus capacidades, siempre permaneciendo "libres de espíritu".

En pocas palabras, interrumpir a nuestros estudiantes remarcando sus errores constantemente no es recomendable salvo que queramos generar una sensación de fracaso e inseguridad que posteriormente los empuje a perder el interés en aprender el idioma.
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🎓 Aprender idiomas para sobrevivir

    Estamos viviendo unos tiempos difíciles en los que encontrar un trabajo decente es una tarea complicada. Las empresas son cada vez más exigentes, sobre todo para aquellas personas que todavía no han palpado el mundo laboral. Ellos, los jóvenes, son los que más sufrirán la desgracia de haber vivido hasta dos crisis mundiales en lo que va de año, que no es poco.

Las futuras generaciones fueron las primeras en darse cuenta de que los idiomas abrían muchas puertas en el ámbito profesional. El mundo de hoy está más globalizado que nunca y es ahora cuando más falta hace saber, como mínimo, dos idiomas. No es de extrañar ver que una de cada cuatro ofertas de trabajo te exigen que hables al menos otro idioma que no sea el español. Seguramente tú eres de esas personas que ya han terminado la carrera pero que no encuentran trabajo. Eso no es nada nuevo para un recién graduado, y tiene solución.

La mayoría de las veces que envías tu curriculum a una empresa, acabará arrugado en el cubo de basura debido a que no eres la persona que buscan. Piénsalo bien. De cien candidatos que se habrán postulado ante la misma oferta en el mismo sitio, solo dos, como mucho tres, habrán sido seleccionados, y tú no estás entre ellos por falta de formación lingüística. Algunos estudios afirman que hablar como mínimo una lengua extranjera te facilita acceder a un 75% de las ofertas de trabajo. Hoy en día, el inglés sigue siendo el idioma favorito de los contratantes, sin embargo, cada vez son más las empresas que buscan personal que sepa alemán o chino. Por eso los viajes para aprender idiomas extranjeros son la mejor opción para completar tu formación.

El historiador romano Tito Livio decía que "cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito", trasladado al ámbito de la lengua, el hábito en el aprendizaje de una lengua extranjera es usarlo en tu rutina diaria. Está comprobado que las personas aprenden más fácilmente otro idioma en un contexto de inmersión lingüística, esto es la experiencia en un país en el que no puedas utilizar tu lengua nativa, puesto que se trata de una prueba de supervivencia que te ayuda a defenderte contra cualquier situación y a asimilar mejor la lengua. El psicólogo y pedagogo Lev Vygotski (1934) afirmaba que es más fácil aprender otro idioma cuando te comunicas con las personas y su cultura.

Zambullirte en otra sociedad y acercarte a su cultura es indispensable para dominar su idioma, y no hay mejor manera de hacerlo que viviendo una larga temporada en otro país. Para ello, muchas empresas ofrecen a los jóvenes viajes a distintos lados del planeta para que aprendan idiomas de una forma distinta y práctica.
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✒ Profesor, esa profesión de riesgo

    Casi todo el mundo piensa que ser profesor está chupado. Esta afirmación pudo haber sido cierta en tiempos de nuestros abuelos, sin embargo, ejercer hoy en día la docencia se ha vuelto más peligroso que antes.

Mucha gente se corta cuando está haciendo su trabajo. Muchos se quejan, pero a un profesor no le sirve de nada quejarse por algo a lo que se supone que debe estar acostumbrado. Dicen que ser profesor es una de las profesiones más seguras. Yo digo que lo es a ratos. No cabe duda de que enfrentarse a un aula llena de individuos impredecibles es intimidante, incluso preparar el temario ideal puede ser tan arriesgado como cuando un cocinero despieza la carne o un carpintero sierra la madera.

La primera vez que me corté con un folio fue cuando empecé a trabajar en la primera academia de español en San Petersburgo. Allí, dentro de la sala de profesores, la fotocopiadora no paraba de escupir papeles cada quince minutos. Los folios salían más calientes... Y afilados. Los cogí y comencé a ordenarlos con golpecitos sobre la mesa para graparlos. Fue en ese justo momento cuando ocurrió lo inevitable.

Todavía hoy sigo sintiendo en el dedo índice de la mano derecha. Era un corte tan pequeño que apenas se apreciaba. Su tamaño no tenía nada que ver con el dolor que me produjo. Un accidente así es tan inesperado para cualquier que todos reaccionamos del mismo modo; aspirando aire frío a través de la dentadura y soltándolo con la boca en forma de un dramático "ah". Más o menos es el mismo sonido que cuando nos reventamos al meñique del pie con la pata de la cama. Quizás incluso más dramático.

Los profesores no solo nos arriesgamos a ser agredidos por el papel. También estamos expuestos a los cortes de otras personas, de todas las edades, sexos y nacionalidades, con pensamientos e ideas distintos, y reacciones también distintas. Nos la jugamos cada día con nuestras ideas, palabras y gestos, y también con nuestra puesta en escena, y muchas veces sin saberlo. Por ejemplo, si hay algo que corta más que un folio es la cara larga que te ponen tus estudiantes cuando ven que la clase no les va a gustar; ya sea porque las tildes son menos útiles que aprender a hacer encuestas en Tik Tok, o porque los cantares de gesta no tienen una rima tan interesante como la de Beret o Luis Fonsi.

Por otro lado están los cortes que afectan a nuestra integridad física. No todo el mundo está capacitado para plantarse cada día enfrente de una treintena de adolescentes hormonados o una quincena de rusos patriotas. Claro, ¿quién se va a esperar que unos críos que han llegado fumados vayan a sacarte una navaja en mitad de una clase o que unos extranjeros se vayan a ofender por el inoportuno comentario que has hecho sobre su sopa fría? La reacción de tus alumnos puede ser tan inesperada y dolorosa como cortarse con un folio.

La docencia no es un trabajo para cualquiera, pero a cualquiera le encantaría tener este trabajo. Debo admitir que la segunda vez que sufrí un corte lloré mucho, pero lloré de felicidad, de una cortante satisfacción que me bañó más en nostalgia que en lágrimas. Tengo la suerte de tener uno de los trabajos más gratificantes del mundo. Lo mejor es no centrarse demasiado en sus riesgos, pero tampoco hay que subestimar esas pequeñas anécdotas que nos demuestran que los papeles también pueden cortar.
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✒ En tiempos de necesidad

    El ser humano nace, crece, se reproduce y muere. No importa a qué especie o raza pertenezca, la biología nos ha asignado indiscriminadamente estas funciones a todas las personas. De una forma u otra, todos acabamos haciendo lo mismo de una forma diferente o siguiendo las mismas pautas que sigue la mayoría. Por ejemplo, el hambre puede ser saciado de muchas maneras. Están las personas que cuando tienen hambre se comen una hamburguesa, o las que fuman para no comerse a sí mismas. Lo mismo pasa cuando nos sentimos tristes.

La felicidad no camina sola, sino que va de la mano de nuestras funciones vitales. Esta afirmación puede importunar a mucha gente, sobre todo a los que intentan deshacerse de su esencia humana con un chasquido de dedos, algo que es imposible en una sociedad tan avanzada como la nuestra. Parece que la libertad siempre ha sido un problema para el hombre de la sociedad moderna. Hoy la gente vive en una imaginaria distopía y sienten que deben seguir actuando dentro de un marco de lucha para lograr encontrar su felicidad personal. A diario vemos manifestaciones de colectivos que creen vivir entre rejas, que en el fondo no están tan equivocados porque en realidad no somos libres de buscar nuestros propios caminos a la felicidad. 

Si fuéramos libres, todos podríamos hacer lo que quisiéramos. Apenas lo notamos, pero sobre nuestras cabezas nos mantienen adheridos a unos hilos invisibles que sólo un grupo reducido de "los de arriba" pueden manejar. A su vez, estos manipuladores creen tener la libertad absoluta y que ellos están exentos de cualquier opresión. No hay nadie más infeliz que el que cree que es feliz. Incluso ellos, que a veces sustentan el poder de las masas, caen a la calle cuando les cortan los hilos. No importa de qué escalón de la sociedad sean; gitanos, curas, políticos, empresarios, banqueros, profesores, basureros... Todos se precipitan al vacío tras la más mínima agitación.

Nadie puede desligarse de sus funciones predeterminadas. En tiempos de necesidad, algunas personas piensan que la rebeldía es el camino que ofrece más libertades para vivir, pero hasta las almas libres están sujetas a un ideal que determinará sus acciones y su forma de vida, que en muchas ocasiones terminará por hastiarles. Vivir recluido en los propios pensamientos tampoco es la mejor forma para librarse de ese ventrílocuo imaginario que nos manipula. 

Como ya he dicho, los hombres, como las mujeres, nos movemos por el mundo por nuestras necesidades. A menudo podemos perdernos en ellas, pero es evidente que nos sentimos llenos cuando las satisfacemos. Sin embargo, no son esas necesidades las que determinan un alma libre porque sencillamente van ligadas a funciones más básicas que espirituales que nos dopan de alegría y a su vez nos encierran en una jaula de frustraciones y caminos a medio andar. ¿Cuál es entonces la libertad que nos queda? Ninguna, al menos no desde mi punto de vista. 

Yo me considero parte de la generación de jóvenes que casi se despertó del sueño. En su día abrimos los ojos, miramos a nuestro alrededor y nos dijimos: "¿Qué es esto? No es lo que había imaginado". De esa colisión de cuestiones surgieron dos grupos: el de los que preferían nadar en un mar de flores y el de los que se construyeron una barca con pétalos para que fuera má fácil llegar a la orilla. Yo opté por el segundo, aunque bien tarde, y mi decisión no me decepcionó menos que los que prefirieron seguir a la deriva.

Seguimos en tiempos de necesidad, y hoy observo a esas almas de cántaro estamparse contra sus propias metas, siguiendo la línea que siguieron todos los que vinieron antes, sin obtener algún resultado satisfactorio que les proporcione la verdadera felicidad. Y uno se pregunta cómo consiguen todavía seguir respirando y no haberse hundido con sus propios ideales. Y también me pregunto si mi bando era el equivocado o si lo era la generación entera. Las respuestas a estas cuestiones son un misterio, y desgraciadamente ningún individuo que haya nacido antes o después de nosotros nos las podrá responder con total acierto y, sobre todo, con sinceridad. Lo único que podemos hacer es esperar a ver si nuestras mariposas revolotean de nuevo alrededor de los pistilos del paraíso o si, por castigo, se les desgastan las alas y caen en picado a una vida de rutinas anatómicas que todos repetimos de memoria. Mientras tanto, flotaremos en el aire.
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